El embajador de Estados Unidos en Líbano, Issa, fue directo este miércoles: no existe acuerdo para poner fin a la ofensiva israelí porque Hezbolá no ha entregado sus armas. La declaración, recogida por el diario libanés L'Orient-Le Jour, fija la posición de Washington con una claridad que las semanas previas de diplomacia discreta habían mantenido en penumbra.
«El partido no quiere hacer nada, así que ¿por qué pedirle a Israel que lo haga todo?», preguntó Issa. La frase resume el argumento central de la administración: exigir concesiones «unilaterales» a Israel, sin contrapartida verificable de la milicia chií, no es una base negociadora, sino una capitulación disfrazada de diplomacia.
Según el embajador, las negociaciones siguen adelante a nivel técnico en Roma, pero Washington no se sentará con Hezbolá a menos que la organización «tuviera algo que presentar». La condición no es retórica: implica que el desarme —o al menos un compromiso creíble hacia él— es el umbral mínimo para que Estados Unidos eleve el rango del diálogo.
Desde Beirut, el presidente Aoun defendió las conversaciones con un tono más pragmático que optimista. «Es cierto que no es fácil ni rápida, y hay obstáculos y dificultades, pero sigue siendo mucho mejor que la guerra», afirmó. Aoun enumeró los objetivos libaneses: liberación del sur, despliegue del Ejército hasta la frontera, recuperación de prisioneros, retorno de desplazados y reconstrucción. Y reconoció que la evidencia indica que esas metas «no se pueden lograr mediante la guerra».
La postura de Aoun y la de Issa no son contradictorias, pero sí revelan asimetrías de urgencia. Beirut necesita resultados tangibles para una población que carga con el peso del conflicto; Washington puede sostener la presión sobre Hezbolá mientras Israel mantiene su ofensiva. El calendario político libanés y el militar israelí corren a velocidades distintas.
El estancamiento tiene una lógica estructural que conviene mirar con frialdad. Hezbolá ha construido durante décadas un Estado dentro del Estado libanés, con arsenales que ningún gobierno de Beirut ha podido —ni querido— desmantelar. Pedirle ahora que deponga las armas como condición previa equivale a pedirle que renuncie a su razón de ser. La milicia lo sabe; Washington también.
Lo que la posición de Issa señala, en cambio, es un cambio de marco respecto a ciclos anteriores: ya no se busca un alto el fuego que congele el statu quo y deje a Hezbolá intacto. La línea de la administración, coherente con la política de Rubio de no normalizar actores armados no estatales, exige que cualquier salida del conflicto altere la correlación de fuerzas sobre el terreno, no solo en el papel.
El dato importa más que el ruido. Mientras las capitales europeas hablan de «desescalada» y organismos multilaterales reclaman ceses inmediatos, Washington ancla la negociación a una condición que Hezbolá no ha mostrado disposición a cumplir. Eso puede prolongar el conflicto, pero también es la única arquitectura que impediría que el próximo ciclo de violencia comience desde el mismo punto de partida. La historia sugiere cautela ante los acuerdos que solo posponen el problema.



