Cinco cometas de plástico, palos e hilo cayeron en el kibutz israelí de Nahal Oz, a menos de un kilómetro de la frontera con Gaza, en los últimos días de agosto. La respuesta del Gobierno de Israel fue inmediata y desproporcionada en términos de retórica: el ministro de Defensa, Katz, declaró el domingo que «un globo y una cometa se tratan como un dron: con o sin materiales explosivos», y anunció que había ordenado a las fuerzas armadas actuar «con contundencia» contra esos lanzamientos.
Ese mismo día, el primer ministro Netanyahu advirtió en un comunicado que intensificaría los ataques a Gaza y evacuaría a más población gazatí si los lanzamientos no cesaban. La situación llegó a provocar una reunión entre Netanyahu, el jefe de las fuerzas armadas Zamir y Katz. Ninguna de las cometas involucradas llevaba explosivos ni armamento, según la información disponible. El Ejército israelí no respondió a EFE si verificó que los juguetes procedieran de Hamás, organización a la que el Gobierno atribuye los lanzamientos.
Desde el campamento de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza, Numan Saleh, de 14 años, mostró a EFE una de las cometas que él mismo fabricó: «¿Cómo van a ser armas? Si están hechas de dos palos, hilo, papel y nailon. Juro que no es un arma». Saleh vive desplazado, condición que comparte con la mayoría de la población gazatí.
La Cadena 12 de televisión israelí informó que el Ejército registró el lanzamiento de nueve cometas hacia Israel a lo largo de junio sin que ello generara respuesta alguna. En total, 12 cometas cayeron en comunidades fronterizas a lo largo de agosto, según la misma fuente.
El contexto humanitario es severo. Según datos de la ONU citados en la fuente, en torno al 93 por ciento de las escuelas en Gaza han sido totalmente destruidas o necesitan rehabilitación importante. Más del 80 por ciento de las estructuras en la Franja se han visto dañadas por los bombardeos. El Ejército israelí ocupa más del 53 por ciento de la Franja y controla hasta casi el 70 por ciento de su territorio, según las mismas cifras.
Las comunidades fronterizas israelíes invocan un antecedente real: en otras ocasiones, milicias gazatíes utilizaron cometas y globos para lanzar dispositivos incendiarios a sus cultivos. Ese historial explica parte del nerviosismo, aunque no justifica automáticamente equiparar un juguete infantil con un arma.
Conviene mirar los incentivos. La declaración de «tolerancia cero» ante cometas de nailon eleva el umbral retórico a un punto en que cualquier objeto volador se convierte en pretexto para escalar. El problema no es solo proporcionalidad militar; es que una política así erosiona la credibilidad de las alertas legítimas: cuando todo es un dron, nada lo es. Para Israel, cuya seguridad depende de que el mundo distinga entre amenazas reales y ruido, esa confusión es un costo estratégico propio, no solo un agravio humanitario. El dato importa más que el ruido: ninguna cometa llevaba explosivos, y el Ejército no confirmó el vínculo con Hamás.



