El presidente Trump confirmó este martes que «no hay conversaciones ni diálogo en curso ni programado con la República Islámica de Irán». La declaración llega tras expirar el memorando de entendimiento de 14 puntos suscrito en junio, que fijaba una tregua para negociar un acuerdo definitivo en un plazo de 60 días.
En el mismo mensaje publicado en sus redes sociales, Trump precisó que «el bloqueo naval sigue plenamente vigente», aunque aclaró que «el estrecho de Ormuz está abierto y operativo» y que «todas las minas marítimas han sido retiradas o detonadas». La combinación de ambas afirmaciones —bloqueo activo y paso libre— define el perímetro de la posición estadounidense: presión máxima sin cierre físico de la vía marítima.
Poco antes de ese mensaje, el presidente había publicado una imagen en la que declaraba el estrecho como «nuevo territorio» de Estados Unidos, una señal de retórica elevada que Teherán no tardó en procesar como provocación. El cruce de mensajes entre Washington y la capital iraní marca el tono de una relación que, al menos por ahora, no tiene canal diplomático activo.
El memorando vencido era ambicioso en su alcance. Incluía la cuestión nuclear iraní, la reapertura sin peajes del estrecho de Ormuz y la creación de un fondo de reconstrucción para Irán de 300.000 millones de dólares. También contemplaba el fin de las sanciones estadounidenses, incluyendo las impuestas en el marco de Naciones Unidas, del Organismo Internacional de la Energía Atómica y todas las sanciones directas o secundarias de Washington. Que ese paquete haya caducado sin sucesor deja a ambas partes en un vacío cuyas consecuencias aún no se han desplegado por completo.
El estrecho de Ormuz es el cuello de botella por el que transita una fracción significativa del comercio energético global. Su estatus operativo afecta directamente los precios del crudo y, por extensión, las cadenas de suministro de economías que dependen de importaciones de hidrocarburos. Que Washington insista en mantener el bloqueo naval —aunque con paso abierto— es una señal de que la presión sobre Teherán no cede, pero también de que Estados Unidos no tiene interés en interrumpir el flujo comercial que beneficia a sus aliados.
Conviene mirar los incentivos. Irán llega a este impasse con su economía bajo el peso acumulado de sanciones y con un programa nuclear cuyo estado exacto sigue siendo objeto de disputa entre las agencias de verificación internacional. Washington, por su parte, no tiene razón táctica para aliviar esa presión mientras Teherán no ofrezca concesiones verificables en el expediente nuclear.
El dato importa más que el ruido retórico. La declaración del estrecho como «nuevo territorio» puede leerse como señal de fuerza doméstica, pero la postura operativa —paso abierto, bloqueo vigente— sugiere que la administración Trump prefiere mantener la palanca sin activar el costo de un cierre real. La pregunta que queda abierta es cuánto tiempo puede sostenerse esa tensión sin que alguna de las partes calcule mal el siguiente movimiento.



