El gobierno de Corea del Sur rompió esta semana su cautela habitual y se pronunció con claridad: el diálogo directo entre Washington y Pyongyang es «crucial» para resolver la cuestión nuclear norcoreana. La declaración llegó a través de un portavoz del Ministerio de Unificación, recogida por la agencia Yonhap, en un momento en que crece la especulación sobre un posible acercamiento entre la administración estadounidense y el régimen de Kim.
El diagnóstico oficial de Seúl es sombrío en lo inmediato. «En este mismo momento, Corea del Norte está reforzando sus capacidades nucleares», advirtió el portavoz, quien al mismo tiempo reconoció que las relaciones intercoreanas se encuentran «estancadas». La combinación de ambos factores —arsenal en expansión, canales bilaterales cerrados— es la que lleva a Seúl a apostar por Washington como motor del proceso.
La pregunta que formuló el portavoz resume la lógica surcoreana: «¿Qué motor existe para impulsar esto, aparte de la reanudación del diálogo entre Washington y Pyongyang?». La respuesta implícita es que no hay otro. Las vías multilaterales han producido poco en los últimos años, y el canal intercoreano directo permanece bloqueado.
Más allá de la desnuclearización, Seúl apunta a un objetivo de mayor alcance. El portavoz sostuvo que ese diálogo «podría llevar a un gran plan para reemplazar el actual sistema de armisticio inestable en la península por un régimen de paz más estable y duradero». El contexto histórico pesa: Corea del Sur y Corea del Norte siguen técnicamente en guerra, pues el conflicto que tuvo lugar entre 1950 y 1953 concluyó con un armisticio, no con un tratado de paz.
El portavoz también lanzó un mensaje directo a Pyongyang, al señalar que «un principio fundamental para convertirse en un país normal es tratar a la otra parte con consideración y respeto», e instó a Corea del Norte a sumarse a la búsqueda de una solución que beneficie a ambas partes. La retórica es moderada, pero el llamado es explícito: sin reciprocidad norcoreana, cualquier arquitectura de paz resulta inviable.
Los recientes movimientos diplomáticos en torno a la península son los que, según el portavoz, «podrían significar un cambio radical», aunque no precisó cuáles. La ambigüedad es deliberada: Seúl no quiere cerrar puertas ni comprometer negociaciones en curso.
Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, un acuerdo con Pyongyang representaría un logro de política exterior de primer orden, coherente con su historial de diplomacia directa con líderes que otros evitan. Para Corea del Sur, el riesgo es quedar al margen de conversaciones que afectan directamente su seguridad; de ahí que Seúl prefiera bendecir el proceso antes que cuestionarlo.
El dato importa más que el ruido: mientras Pyongyang acumula capacidad nuclear y el armisticio de 1953 sigue siendo el único marco jurídico vigente, cada mes sin acuerdo es un mes en que la asimetría de poder en la península se profundiza. Seúl lo sabe, y su respaldo al diálogo directo entre las dos potencias no es entusiasmo diplomático sino cálculo de supervivencia. La historia sugiere cautela ante los grandes planes de paz en la región, pero también enseña que el estancamiento tiene costos propios.



