Un desprendimiento de glaciar a unos 20 kilómetros al noreste del paso de Rasuwagadhi, en la frontera entre Nepal y China, desencadenó el miércoles 26 de agosto una riada masiva de lodo y sedimentos en el río Lhende. El evento ocurrió sobre las 08:40 hora local (02:55 GMT), según la Autoridad Nacional para la Reducción y Gestión del Riesgo de Desastres de Nepal (NDRRMA).
El balance provisional es devastador. La Policía nepalí reportó, a las 23:05 hora local, la recuperación de 157 cadáveres en las zonas afectadas. Las autoridades chinas informaron de tres muertos adicionales en el condado tibetano de Gyirong, según el canal estatal CCTV, lo que eleva el total confirmado a al menos 160 muertos.
El número de desaparecidos ronda los 800. China reportó 265 desaparecidos en su territorio. Por su parte, el balance nepalí suma 384 turistas sin contacto —291 extranjeros, entre ellos dos españoles, y 93 nepalíes—, a los que se añaden 44 miembros del Ejército, 28 policías, 13 efectivos de la Fuerza Armada de Policía y sesenta trabajadores de distintos proyectos hidroeléctricos.
La infraestructura de la zona quedó gravemente comprometida. Al menos ochenta puentes fueron destruidos: 35 vehiculares y 45 colgantes peatonales. La riada causó además «serios daños» a las instalaciones del proyecto hidroeléctrico Langtang Khola, cuya construcción acababa de concluir y que tenía previsto iniciar pruebas en los próximos días, según declaró al periódico Kathmandu Post el director del proyecto, Bhattarai.
El Gobierno de Venezuela se sumó a las expresiones de condolencia. El canciller Plasencia publicó en su cuenta de X que su país «manifiesta condolencias a las familias afectadas» y acompaña «la esperanza de hallar con vida a las personas desaparecidas».
El dato importa más que el ruido. La destrucción del proyecto hidroeléctrico Langtang Khola ilustra un riesgo que los modelos de inversión en infraestructura de alta montaña suelen subestimar: la aceleración del ciclo glaciar convierte en variable de corto plazo lo que antes era riesgo de largo plazo. Para Nepal, uno de los países con mayor densidad de proyectos hidroeléctricos en construcción, el episodio plantea preguntas directas sobre la viabilidad financiera y aseguradora de esa cartera.
Conviene mirar los incentivos. Los gobiernos de la región himalaya —Nepal y China incluidos— han apostado por la energía hídrica como eje de su transición energética y de su balanza comercial. Una tragedia de esta magnitud, con infraestructura recién terminada convertida en escombros antes de generar un kilovatio, no es solo una pérdida humana: es una señal de precio para los mercados de capital que financian esos proyectos. La historia sugiere cautela ante la tentación de reconstruir en los mismos términos sin revisar los supuestos de riesgo geológico.



