En 1846, dos hombres que no pensaban igual se sentaron a conversar en Grand Bourg, Francia. Uno era José de San Martín: 68 años, enfermo, exiliado voluntario, autor de un testamento que escandalizaba a media Argentina porque legaba su espada a Juan Manuel de Rosas. El otro era Domingo Faustino Sarmiento: 35 años, exiliado forzoso del mismo Rosas, uno de sus enemigos más elocuentes. No era un detalle lo que los separaba. Aun así, el general recibió al periodista en su casa y hablaron.
De ese encuentro parte El libertador, el cortometraje que Infobae produjo para conmemorar los 176 años de la muerte de San Martín. La pieza reconstruye la conversación y, con ella, el abismo político que dividía a la Argentina de mediados del siglo XIX: un país que había ganado la independencia pero no había resuelto qué hacer con ella.
Sarmiento salió del encuentro con emociones encontradas. Según registra la fuente, escribió después a un amigo: «¡Tanta gloria y tanto olvido! ¡Tan grandes hechos y silencio tan profundo!». Primero se deslumbró —«Lo he visto transfigurarse (...) y presentárseme el general joven, que asoma sobre las cúspides de los Andes»— y luego se decepcionó cuando la conversación giró hacia Rosas: «Todas sus ideas se confundían: los españoles y las potencias europeas, la patria, aquella patria antigua, y Rosas, la independencia y la restauración de la colonia».
El cortometraje también reconstruye la campaña de los Andes. San Martín describe en la ficción cómo se formó ese ejército: «Armamos un ejército de la nada, teníamos una cantidad de hombres que no querían pelear, que no entendían para qué pelear. Gauchos, libertos, indígenas». La arenga que el corto le atribuye al prócer condensa el espíritu de aquella empresa: «Seamos libres y lo demás no importa nada. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos».
Hay un episodio personal que el corto rescata y que resulta revelador: cuando su esposa Remedios agonizaba en Buenos Aires, San Martín quiso regresar y no pudo. Le habían puesto hombres en el camino para detenerlo. El hombre que cruzó los Andes para liberar un continente no pudo atravesar su propio país para despedirse de su mujer.
La tensión central del encuentro —y del corto— es política. Sarmiento ya tenía una idea sobre cómo construir la nación: la educación pública como instrumento para unificar identidades dispersas. San Martín, en cambio, había optado por dejar su espada a Rosas. Dos proyectos, dos lecturas de la misma historia. «La patria no, los hombres que la comandan», dice San Martín en la ficción, corrigiendo a Sarmiento cuando este lamenta el trato que la patria da a sus líderes.
Lo que el corto subraya, y la fuente destaca como su lección principal, no es el desacuerdo sino el hecho de que el diálogo ocurrió. No hubo portazos ni insultos. Dos hombres con intereses opuestos y visiones irreconciliables sobre Rosas encontraron, sin embargo, un espacio para escucharse.
Conviene mirar los incentivos de ese momento histórico. En 1846 Argentina era un archipiélago de caudillos, lealtades locales y proyectos enfrentados. La pregunta no era solo quién mandaba, sino si existía algo llamado «nosotros». Sarmiento apostó por la escuela como fábrica de ese plural; San Martín lo había construido, décadas antes, entre el viento y la nieve de los Andes.
Ciento ochenta años después, la pregunta sigue abierta. Una nación que solo puede conversar entre los idénticos no es una nación: es una facción con bandera. El dato importa más que el ruido, y el dato aquí es que dos adversarios irreconciliables se sentaron a hablar. Esa capacidad —negociar sin borrar al otro, discrepar sin odio como arma— es exactamente el tipo de institucionalidad que el libre juego de ideas y el orden republicano necesitan para sobrevivir. La historia sugiere cautela sobre si Argentina ha aprendido la lección.



