Dos de cada tres habitantes de Bogotá realizan alguna actividad física o recreativa al aire libre. Así lo indica la Encuesta de Prácticas Deportivas del IDRD, que sitúa en el 67 % la proporción de bogotanos que camina, corre, monta bicicleta o practica algún deporte fuera de instalaciones cerradas.
El dato no es menor en una ciudad que durante años concentró su oferta deportiva en infraestructura pública de acceso desigual. Lo que hoy ocurre en sus calles, ciclovías y cerros responde, en buena medida, a decisiones individuales: madrugar a correr, unirse a un grupo de entrenamiento o inscribirse en una carrera recreativa.
Del asfalto a la montaña
El running es quizás el ejemplo más visible. En Bogotá, Medellín, Cali y Bucaramanga proliferan grupos que salen antes de la jornada laboral o al caer la tarde. La oferta de competencias acompaña esa demanda: carreras de 5K y 10K, medias maratones y maratones permiten que personas con distintos niveles de preparación encuentren su lugar.
La Media Maratón de Bogotá reúne cerca de 42.000 corredores procedentes de más de 40 países, según la misma fuente. Es una cifra que posiciona al evento entre los de mayor convocatoria en América Latina y que genera un flujo de turismo deportivo difícil de ignorar.
Fuera del asfalto, el senderismo y el trail running ganan terreno. Los Cerros Orientales de Bogotá, rutas del Eje Cafetero y circuitos en Santander aparecen entre los escenarios donde la actividad física se combina con naturaleza y turismo. Competencias como el Ironman 70.3 Cartagena han acercado a más aficionados a disciplinas que combinan natación, ciclismo y carrera. Surf, paddleboard y kayak completan un mapa de opciones que hace una década resultaba marginal.
La tecnología como habilitador privado
El crecimiento del deporte al aire libre ha venido acompañado de herramientas de medición personal: relojes y dispositivos que registran frecuencia cardíaca, pasos, recuperación y sueño. Thiago Nadotti, Assistant Marketing Manager de Casio para América Latina, señaló que «hoy vemos que el deporte hace parte de la rutina de personas con objetivos muy diferentes: algunos entrenan para una competencia y otros simplemente buscan sentirse mejor o disfrutar más del tiempo al aire libre».
La observación apunta a algo estructural: la motivación se ha diversificado. Ya no se trata solo de competir o de cumplir una prescripción médica, sino de integrar el movimiento al ocio y a la vida social.
Lo que el dato revela
Conviene mirar los incentivos. Este fenómeno no nació de un programa gubernamental ni de una campaña institucional: nació de la oferta privada de eventos, de la industria de dispositivos deportivos, de comunidades organizadas de manera espontánea y de la reducción de costos de acceso al equipamiento. El Estado puede facilitar infraestructura —ciclovías, parques, senderos—, pero la energía que mueve a 67 de cada 100 bogotanos a salir a ejercitarse es, en esencia, privada y voluntaria.
En un país donde el debate político gira con frecuencia en torno a qué debe proveer el gobierno, este dato ofrece una perspectiva diferente: cuando los ciudadanos tienen espacio, información y oferta de mercado, se organizan solos. El reto para las instituciones no es dirigir ese impulso, sino no obstruirlo con regulación excesiva ni con la tentación de convertir cada iniciativa ciudadana en un programa público.



