El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lin Jian, advirtió este martes que Pekín adoptará «todas las medidas necesarias para proteger con firmeza sus derechos e intereses legítimos» frente a cualquier acción de Estados Unidos derivada de los lazos comerciales de China con Irán. La declaración llega un día después de que Washington anunciara una ofensiva comercial destinada a cortar toda fuente de financiación iraní, con amenaza explícita de sanciones a cualquier país que mantenga relaciones económicas con Teherán, incluida China.
Lin calificó las sanciones unilaterales de ilegales y afirmó que «carecen de base en el Derecho Internacional y no cuentan con autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas». Añadió que «la guerra económica y las tácticas de máxima presión no ayudan a resolver los problemas» y que, por el contrario, «solo azuzarán los conflictos, provocarán riesgos colaterales, perturbarán el orden económico y financiero mundial y menoscabarán los derechos e intereses de otros países», según recogió el diario chino Global Times.
El contexto inmediato es el vencimiento del plazo de 60 días que Washington y Teherán se habían fijado para alcanzar un acuerdo global tras la ofensiva estadounidense-israelí lanzada el 28 de febrero. Las partes no lograron cerrar un pacto, lo que reaviva los temores sobre un posible estallido de un nuevo conflicto a gran escala. La presión comercial anunciada el lunes es, en ese marco, la respuesta de Washington al impasse diplomático.
Lin reclamó que «la principal prioridad debe ser reducir la tensión y volver cuanto antes a la vía del diálogo y la negociación», posición que Pekín ha sostenido de manera consistente frente a cada ciclo de presión máxima de la administración estadounidense.
El choque de posiciones expone una de las fricciones estructurales del orden internacional vigente: el alcance extraterritorial de las sanciones secundarias de Estados Unidos, que Washington emplea como palanca de política exterior, frente a la resistencia de Pekín —y de otros actores— a reconocer esa jurisdicción unilateral.
Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, el cerco económico a Irán cumple una doble función: presionar a Teherán para que regrese a la mesa sin condiciones y señalar a Pekín que el costo de sostener al régimen iraní será tangible. La amenaza de sanciones secundarias sobre empresas chinas es el instrumento más directo disponible a corto plazo, y su credibilidad depende de que Washington esté dispuesto a aplicarlas incluso a un socio comercial de primer orden.
Para China, ceder ante esa presión equivaldría a validar el principio de que Washington puede dictar los términos del comercio global fuera del marco multilateral. La respuesta de Lin no es, por tanto, solo una declaración sobre Irán: es una señal sobre hasta dónde Pekín está dispuesto a tolerar la arquitectura de sanciones unilaterales. El dato importa más que el ruido: si Washington ejecuta las sanciones y Pekín responde con contramedidas, el orden económico y financiero que ambas potencias han aprovechado durante décadas absorberá una nueva fractura. La historia sugiere cautela ante escaladas que ninguna de las partes controla del todo una vez iniciadas.



