El estrecho de Ormuz sigue cerrado y las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, suspendidas. El portavoz del Ministerio de Exteriores de Catar, Al Ansari, confirmó este martes que Doha espera un acuerdo entre Teherán y Mascate sobre la navegación en el estrecho antes de poder reanudar su papel mediador entre las dos potencias.
«Seguimos esperando un acuerdo entre las dos partes, lo que conducirá a la reanudación de las negociaciones y al restablecimiento del alto el fuego y a la prevención de una escalada en la región», declaró Al Ansari en rueda de prensa en Doha.
El portavoz precisó que el objetivo inmediato de Catar es «retomar el memorando de entendimiento» firmado entre Washington y Teherán en junio pasado y posteriormente roto, y «reanudar las negociaciones entre ambas partes».
Irán cerró el paso por Ormuz desde mediados de julio, según la fuente, como respuesta a nuevos bombardeos estadounidenses contra el sur de su territorio. La República Islámica respondió también atacando objetivos de Estados Unidos en países de Oriente Medio, según la misma fuente.
Las condiciones iraníes para reabrir el estrecho son tres, según lo documentado: que Washington ponga fin a la guerra, levante el bloqueo sobre sus puertos y buques, y le permita vender petróleo en mercados internacionales. A eso Teherán añade una exigencia adicional que concentra el nudo de las conversaciones con Omán: mantener el control del estrecho y cobrar a los buques que lo crucen tasas por servicios marítimos, de seguridad y medioambientales. Estados Unidos se niega.
Omán, país ribereño al estrecho, actúa como interlocutor directo con Irán en ese punto específico, mientras Catar gestiona el canal más amplio con Washington. La arquitectura de mediación es, por tanto, doble: un acuerdo técnico-marítimo entre Teherán y Mascate que desbloquee el tránsito, y un acuerdo político más amplio que Doha intenta reconstruir con ambas capitales.
Lo que está en juego
Conviene mirar los incentivos. Ormuz no es un detalle geográfico: por ese estrecho transita una fracción sustancial del comercio energético global. Su cierre desde mediados de julio representa una perturbación de primer orden para los mercados de hidrocarburos y para cualquier cadena de suministro que dependa del Golfo Pérsico.
La pretensión iraní de cobrar tasas a los buques que crucen el estrecho introduce un precedente que va más allá del conflicto inmediato. Si prosperara, convertiría una vía internacional de navegación en un peaje soberano bajo control de Teherán, alterando el orden marítimo que sostiene el comercio libre. Que Washington rechace esa condición no es solo una postura negociadora: es la defensa de un principio que afecta a todos los actores con intereses en la región, incluidos los aliados europeos y asiáticos que dependen del flujo de energía del Golfo.
El dato importa más que el ruido. Mientras las declaraciones de Doha mantienen un tono esperanzador, la realidad es que el memorando de junio ya se rompió una vez y el estrecho lleva semanas cerrado. La historia sugiere cautela ante los comunicados optimistas cuando los incentivos de fondo no han cambiado.



