El primer ministro de Israel, Netanyahu, calificó este viernes al presidente turco, Erdogan, de «dictador antisemita» y lo acusó de intentar usar Siria como zona de despliegue militar contra Israel. La declaración llegó en un comunicado formal tras el bombardeo israelí de la base aérea de Abú al Duhur, en el norte sirio.
Según Netanyahu, la operación respondió a inteligencia que indicaba que esa instalación sería empleada por el Ejército de Turquía. El primer ministro fue más allá en sus acusaciones: señaló que Erdogan masacra a kurdos, alberga a miembros de Hamás, «ocupa» la mitad de Chipre y encarcela a un «número récord de periodistas y políticos que se le oponen».
Tanto Siria como Turquía rechazaron esa narrativa. Damasco afirmó que «no había intención de establecer allí una base turca, ni una presencia militar turca». Ankara, por su parte, sostiene que Netanyahu orquesta una excusa para profundizar en lo que describe como una invasión israelí de territorio sirio más allá de los Altos del Golán.
El episodio no es aislado. Las tensiones entre Israel y Turquía se han agravado de forma sostenida desde el inicio de la guerra en Gaza. En julio pasado, Israel atacó una flotilla humanitaria con destino a la Franja, lo que llevó a Turquía a emitir una orden de arresto contra Netanyahu. Erdogan lo describe habitualmente como un genocida.
Netanyahu cerró su comunicado con un desafío directo: el «patético intento de intimidar a los líderes y soldados de Israel, la única democracia de verdad en Oriente Próximo, no llegará a ninguna parte».
El cruce verbal entre dos líderes con mandatos largos y estilos confrontacionales ilustra una fractura que va más allá del lenguaje. Turquía es miembro de la OTAN y potencia regional con ambiciones crecientes en el espacio que dejó el colapso del régimen sirio anterior; Israel opera en ese mismo vacío con una lógica de seguridad preventiva que sus vecinos leen como expansionismo. Ambas lecturas tienen sustento en los hechos; ninguna agota la realidad.
Conviene mirar los incentivos. Netanyahu enfrenta presión interna y judicial; un frente externo activo consolida su posición doméstica. Erdogan, con una economía bajo tensión y una oposición que no termina de cuajar, necesita proyectar liderazgo islámico regional. Siria, devastada y sin Estado funcional, se convierte así en el tablero donde dos gobiernos con problemas propios dirimen una rivalidad que ninguno de los dos puede permitirse perder ante su audiencia nacional.
El dato importa más que el ruido: lo que está en juego no es solo una base aérea en el norte sirio, sino quién define las reglas de presencia militar en un país que todavía no tiene soberanía efectiva sobre su propio territorio. Esa disputa, si escala, arrastrará consecuencias para el orden regional que ningún comunicado de viernes puede contener.



