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Milei contra su propio equipo: el presidente desafía la estrategia política de su gobierno

En dos discursos consecutivos, Milei respaldó sin reservas al ministro Sturzenegger, contradijo los mensajes de su mesa política y celebró datos económicos que su propio entorno matiza.
Foto: lanacion.com.ar
Líderesdomingo 23 de agosto de 2026

Javier Milei reapareció esta semana después de diez días de aislamiento en la residencia de Olivos y lo hizo en un registro que sorprendió incluso a su círculo más cercano. Los discursos que pronunció el jueves en el hotel Alvear, ante el Council of the Americas, y el viernes en Rosario mostraron a un presidente que opera con una lógica propia, al margen de la estrategia que conduce su hermana Karina Milei desde la mesa política del oficialismo.

El episodio más revelador ocurrió el lunes anterior, durante el acto de homenaje a San Martín. Allí, un texto preparado por la oficina de discursos de la Casa Rosada —que tutela Santiago Caputo— incluyó una frase que fue leída como autocrítica: «Si la libertad no muestra sus frutos, que son el bienestar y la prosperidad económica, la ciudadanía se olvida de su valor». La ministra Patricia Bullrich se sumó al concepto en redes sociales, pidiendo «más velocidad en los resultados para que el cambio se sienta en la vida cotidiana». Milei, según reconstruye La Nación, no quedó conforme con la interpretación que se dio a sus palabras.

El jueves en el Alvear, el presidente tomó la iniciativa. Según la misma fuente, preparó ese discurso durante días sin intervenciones ajenas. El mensaje central fue un respaldo monolítico a Federico Sturzenegger, el ministro de Desregulación, a quien la mesa política había decidido ponerle límites tras la derrota legislativa por la extranjerización de tierras y el conflicto sindical que paralizó los puertos. «Cuando ustedes vean a un sorete, a una mierda humana, criticando a Federico, es porque le está tocando un negocio a un prebendario, a un chorro y a un corrupto», dijo Milei, según la crónica de La Nación. «¡Vamos por más!», añadió.

Sobre la economía, Milei rechazó la narrativa de que «la gente no llega a fin de mes», calificó de «estupidez» ese encuadre y anunció que planea organizar un recital para celebrar que la inflación de agosto «empiece con cero». El dato que citó como evidencia fue el 0,8% de inflación mayorista de julio. La Nación señala que ese indicador ya había estado más bajo en el pasado sin que eso se trasladara luego al índice minorista que afecta el bolsillo de la población. En el salón del Alvear, los aplausos no lo acompañaron más allá de la fila de funcionarios.

La disonancia entre el presidente y su equipo político no es nueva, pero esta semana se volvió visible. Milei ha dicho en privado, según la misma fuente, que no está dispuesto a aceptar la «hipocresía» de reconocer dificultades sociales ni a tratar a sus votantes como «menores de edad». «Yo no soy Macri, que gobernaba mirando encuestas», suele repetir.

Conviene mirar los incentivos. La tensión entre Milei y su propia mesa política no es un problema de comunicación: es una disputa sobre el ritmo y el costo político del ajuste. Sturzenegger representa la punta de lanza desreguladora; frenarlo equivale, en la lógica presidencial, a ceder ante los intereses que se benefician del statu quo. Que Milei lo defienda públicamente con esa contundencia es una señal de que no piensa negociar ese flanco.

El dato importa más que el ruido. Argentina lleva meses con inflación a la baja y superávit fiscal, logros que el mercado reconoce. Pero la brecha entre los indicadores agregados y la percepción ciudadana es el verdadero campo de batalla electoral. Si el presidente no logra cerrarla —o decide que no debe intentarlo— la pregunta no es si la economía vuela, sino si los votantes estarán dispuestos a esperar hasta octubre para comprobarlo.

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