Jared Kushner se reunió este domingo en El Cairo con Khalil al-Hayya, uno de los principales dirigentes políticos de Hamas, en un encuentro que duró entre 90 minutos y más de dos horas según fuentes conocedoras de las conversaciones. Participaron también funcionarios de Egipto, Qatar y Turquía, los tres países mediadores. Un funcionario estadounidense confirmó la presencia de Kushner en Egipto; la Casa Blanca remitió las preguntas al Consejo de Paz creado por Trump, que no hizo comentarios.
El objetivo declarado de Kushner era obtener de Hamas un compromiso concreto con el desarme antes de reunirse este lunes con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. El grupo palestino afirmó estar dispuesto a avanzar hacia la desmilitarización y a transferir el control civil de Gaza a un gobierno palestino, pero condicionó cualquier movimiento a que Israel detenga sus ataques y retire sus fuerzas hasta la denominada «línea amarilla». En un comunicado, Hamas señaló: «Estamos comprometidos con el marco de paz», al tiempo que acusó a Israel de continuar operaciones militares y agravar la crisis humanitaria pese a la tregua vigente.
El plan de Trump contempla que Hamas entregue progresivamente sus armas a un comité tecnocrático palestino encargado de administrar el territorio, mientras Israel detiene sus ataques y comienza una retirada gradual. Netanyahu, sin embargo, sostiene que Israel no abandonará ninguna posición en Gaza hasta que Hamas haya sido completamente desarmado. Esa brecha bloqueó la semana pasada la hoja de ruta de 15 puntos respaldada por Washington, que el primer ministro israelí rechazó.
La situación territorial añade presión. Las fuerzas israelíes controlan actualmente alrededor del 60% de la Franja de Gaza y han avanzado más allá de la «línea amarilla», una demarcación que, según las fuentes, nunca quedó definida con precisión. Netanyahu había anticipado en mayo que Israel buscaría ampliar ese control hasta el 70%. Hamas, por su parte, ha condicionado la entrega de sus armas más pesadas a la creación de un Estado palestino, exigencia que el gobierno israelí rechaza.
El desacuerdo mantiene bloqueados otros componentes del acuerdo: la reconstrucción del enclave y el despliegue de una fuerza internacional destinada a separar a las tropas israelíes de las zonas administradas por el comité palestino.
Además de reunirse con Hamas, Kushner mantuvo encuentros con el presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi y con funcionarios palestinos. Según fuentes conocedoras, Sisi sostuvo que buena parte de la inestabilidad regional tiene su origen en la situación de Gaza y que la estabilización del territorio contribuiría a reducir las tensiones en el conjunto de Oriente Medio.
La presión regional sobre Israel se intensificó antes del encuentro previsto con Netanyahu. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Pakistán, Indonesia y los países mediadores difundieron un comunicado conjunto en el que responsabilizaron a Israel de obstaculizar los esfuerzos de paz y pidieron a Estados Unidos y al Consejo de Paz adoptar «medidas inmediatas y concretas». El partido Likud respondió acusando a esas potencias de intentar desplazar a Netanyahu del poder. Israel celebrará elecciones nacionales el 27 de octubre, lo que añade una variable doméstica a cada decisión del primer ministro.
Kushner no ocupa un cargo oficial en el gobierno, pero mantiene una estrecha relación con Trump y fue designado junto con el enviado Steve Witkoff para intervenir en negociaciones sobre los principales conflictos internacionales. El canal directo con Hamas es poco habitual: Estados Unidos considera al grupo una organización terrorista, aunque la administración Trump recurrió a contactos directos en varias ocasiones para negociar la liberación de rehenes y avanzar hacia un cese de hostilidades.
Conviene mirar los incentivos. Washington necesita un acuerdo que valide la apuesta diplomática de Trump en la región; Netanyahu enfrenta un calendario electoral que hace costoso cualquier concesión visible; y Hamas sabe que el tiempo corre a su favor mientras el bloqueo persista. El Consejo de Paz tiene margen para presionar, pero ese margen se estrecha cada semana que pasa sin un texto firmado. El dato importa más que el ruido: sin una definición precisa de la «línea amarilla» y sin una secuencia acordada de desarme y retirada, la segunda fase del alto el fuego seguirá siendo una promesa en papel.



