El Ejército de Israel bombardeó durante la noche del martes zonas del distrito de Nabatiyé, en el sur del Líbano, según informó la agencia libanesa NNA. Los ataques tuvieron como objetivo la zona de Alí al Taher y, posteriormente, una vivienda en Al Fauqa, también dentro del mismo distrito. Hasta el momento no se han reportado víctimas, heridos ni daños materiales de consideración.
Los bombardeos se producen en violación del alto el fuego alcanzado el 26 de junio entre Líbano e Israel, con mediación de Estados Unidos. Ese acuerdo sentaba las bases para una tregua permanente e incluía dos elementos centrales: el restablecimiento de la soberanía libanesa en el sur del país y el desarme del partido-milicia chií Hezbolá. Este último punto es el que ha bloqueado cualquier avance: Hezbolá ha rechazado de pleno la condición de desarme.
Israel ha alegado razones de seguridad y la negativa de Hezbolá al acuerdo para justificar que sus operaciones militares continúen en la zona sur del Líbano desde la firma del principio de acuerdo.
El patrón se repite con una lógica que conviene mirar en sus incentivos. El acuerdo de junio no era un tratado de paz sino un principio de acuerdo: un marco sin mecanismo de verificación robusto y sin consecuencias operativas para la parte que lo incumple. Mientras Hezbolá conserve su arsenal y rechace el desarme, Israel argumenta que la amenaza persiste y que sus operaciones son una respuesta preventiva, no una ruptura unilateral. Ese argumento tiene peso factual: un alto el fuego que no desmantela la capacidad ofensiva del actor que lo desencadenó es, en la práctica, una pausa, no una solución.
Lo que está en juego es la soberanía efectiva del Estado libanés sobre su propio territorio, algo que el acuerdo prometía restablecer pero que ninguna de las dos partes ha tenido incentivos suficientes para garantizar. Beirut carece de la capacidad militar para imponer el desarme de Hezbolá; Washington medió el acuerdo pero no desplegó mecanismos de cumplimiento; e Israel actúa bajo la premisa de que la ausencia de garantías equivale a una amenaza activa. El dato importa más que el ruido: mientras el desarme de Hezbolá siga siendo una condición rechazada y no una realidad verificable, el sur del Líbano permanecerá como un espacio donde la soberanía formal y el control real divergen. Esa brecha es, históricamente, el terreno donde los conflictos se prolongan indefinidamente.



