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Oriente Medio y África

Hormuz bajo bandera estadounidense, Teherán sin cambio de régimen: el empate estratégico de agosto de 2026

El alto el fuego expiró el 18 de agosto de 2026 sin acuerdo sucesor; seis meses después del inicio del conflicto, la cúpula iraní sobrevive con nuevos nombres pero la misma agenda.
Imagen generada con IA
Oriente Medio y Áfricamiércoles 19 de agosto de 2026

El lunes 18 de agosto de 2026 expiró en silencio el alto el fuego de 60 días entre Estados Unidos e Irán, sin conversaciones programadas para un nuevo acuerdo. La guerra, que arrancó en febrero de 2026, entró así en una fase de estancamiento sin resolución visible.

El martes, el presidente Trump declaró que el estratégico Estrecho de Ormuz está y permanecerá bajo control estadounidense. Publicó un mapa en el que la vía marítima aparecía etiquetada como «nuevo territorio de EE.UU.». La respuesta iraní fue inmediata: un viceministro de Relaciones Exteriores calificó la afirmación de «delirante» y sostuvo que el estrecho solo se «abrirá y cerrará bajo el mando de Irán», al tiempo que anunció que Teherán continuará aplicando el bloqueo.

El intercambio hostil confirma lo que el análisis de la semana pasada de la Fundación para la Defensa de las Democracias, un centro de estudios conservador de Washington, resumió con precisión: «El último reajuste del gobierno iraní parece menos una renovación que un juego de sillas musicales entre veteranos del régimen».

El primer día del conflicto, en febrero de 2026, hasta 40 altos líderes iraníes murieron cuando estaban reunidos. Trump y Netanyahu afirmaron rápidamente que el líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, se encontraba entre los fallecidos; Irán lo negó, aunque en un día sus propios medios controlados confirmaron que él y numerosos comandantes habían sido eliminados. La apuesta implícita era que el vacío de poder abriría la puerta a una generación reformista. No ocurrió.

El hijo del ayatolá fallecido, Mojtaba Khamenei —quien según informes resultó gravemente herido el primer día—, designó el 9 de agosto de 2026 a funcionarios para siete cargos, incluidos los responsables de guerra y seguridad interna. La línea dura continúa: las ejecuciones públicas, incluidos ahorcamientos de disidentes, han reanudado, y Hamas, Hezbollah y los hutíes, aunque debilitados, mantienen su objetivo de expulsar a Israel y a Estados Unidos de la región.

La columna de Michael Goodwin en el New York Post reconstruye el camino que llevó al conflicto: meses de negociaciones en el primer año del segundo mandato de Trump, hasta que funcionarios iraníes alardearon ante el enviado Steven Witkoff de poseer uranio enriquecido suficiente para construir quizás una docena de armas nucleares y declararon que jamás renunciarían a lo que consideraban su derecho al enriquecimiento. A eso se sumó la represión brutal de manifestantes que exigían reformas económicas ante escasez de alimentos, agua y combustible, con un saldo de miles de muertos, reportes de torturas e incluso ejecuciones en hospitales, y el cierre de internet. En enero de 2026, Trump publicó en redes sociales «LA AYUDA ESTÁ EN CAMINO» y exhortó a los manifestantes a tomar sus instituciones.

Hubo conversaciones entre Washington y Jerusalén sobre la posibilidad de que combatientes kurdos actuaran como fuerza terrestre y sobre la capacidad de la población civil iraní para levantarse. Según medios israelíes, nunca existió un plan detallado compartido con las Fuerzas de Defensa de Israel sobre cómo y cuándo materializar esa opción, lo que privó a la idea de toda viabilidad real.

Conviene mirar los incentivos. El régimen de Teherán ha demostrado una resiliencia que no se explica solo por la represión: la estructura clerical-militar lleva casi cinco décadas consolidando lealtades, redes de inteligencia y economías de guerra. Bombardear cúpulas no disuelve instituciones cuando los segundos escalones están entrenados para perpetuarlas. El dato importa más que el ruido: seis meses de bombardeos masivos han cambiado nombres y títulos, no la agenda. Para los contribuyentes estadounidenses e israelíes que financian este esfuerzo, la pregunta que ningún comunicado responde es qué definición de victoria justifica el costo —y quién, en Teherán o en Washington, tiene más paciencia para sostenerlo.

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