Las milicias de Hezbolá denunciaron una serie de ataques israelíes en el sur de Líbano que dejaron al menos 11 personas muertas y 19 heridas en las últimas horas, los hechos más letales registrados en la zona durante los últimos dos meses. Los ataques se concentraron en las localidades de Ansar y Deir Zahrani.
Tras los bombardeos, Hezbolá prometió una «respuesta proporcionada» y calificó los ataques como «un crimen atroz que se suma al historial del enemigo». El grupo responsabilizó directamente al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, por la intensificación de las operaciones, y afirmó —según sus propias declaraciones— que el mandatario busca «reforzar su posición política interna» y «congraciarse con la extrema derecha» de cara a las elecciones de octubre.
El punto de mayor tensión política no fue el parte de bajas, sino la exigencia directa al gobierno libanés: suspender de inmediato las conversaciones que mantiene con Israel para definir el estatus de seguridad en la zona fronteriza. Hezbolá argumentó que las negociaciones están demostrando «su incapacidad para proteger a Líbano y a su pueblo» y pidió a las autoridades «dejar de perseguir» unos diálogos a los que, según el grupo, están siendo «arrastradas» por Estados Unidos.
El blanco adicional fue el embajador estadounidense en Beirut, Michel Issa, quien defendió este viernes la política de demoliciones sistemáticas que Israel desarrolla en zonas del sur bajo su control. Issa sostuvo que esa destrucción cesaría si Hezbolá entrega las armas. El grupo respondió que esa declaración constituye un «chantaje» y exigió que Washington presione primero por la retirada israelí. «Solo confirman que lo que buscan los estadounidenses es el interés y la seguridad del enemigo israelí a expensas de la soberanía del Líbano y su pueblo», afirmó Hezbolá.
El patrón es conocido: cada vez que las conversaciones entre Beirut e Israel ganan tracción, una escalada militar reencuadra el debate y coloca al gobierno libanés ante una disyuntiva de legitimidad interna. La presión de Hezbolá no es solo retórica; es un veto operativo sobre la capacidad del Estado libanés de negociar su propia seguridad sin el consentimiento de una milicia que conserva más poder de fuego que el ejército regular.
Conviene mirar los incentivos. Para Washington y para cualquier gobierno que apueste por la estabilidad regional, el camino pasa por un Estado libanés con el monopolio legítimo de la fuerza, no por una arquitectura de seguridad en la que una facción armada dicta los términos de la diplomacia. El dato importa más que el ruido: mientras Hezbolá mantenga su arsenal intacto y su capacidad de veto sobre Beirut, cualquier acuerdo de seguridad en el sur del Líbano será, en el mejor de los casos, provisional.



