El dato importa más que el ruido. En mayo, Estados Unidos notificó a sus aliados que reduciría el conjunto de capacidades militares comprometidas con la alianza atlántica en caso de crisis. Semanas después, el resultado es, según las fuentes disponibles, más ordenado de lo que muchos anticipaban.
El general Alexus Grynkewich, máximo comandante de la OTAN y oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, resumió la situación en términos directos: «En pocas semanas, los aliados europeos han cubierto en gran medida las brechas dejadas por las reducciones de EE.UU. al Modelo de Fuerzas de la OTAN». Añadió que, en los casos donde no existe una capacidad equivalente, la alianza estudia «capacidades alternativas con efecto equivalente».
Las cifras concretas de la reducción estadounidense, filtradas a Reuters por una fuente militar, ilustran la escala del ajuste. Los cazas F-15 y F-15E disponibles para la OTAN caerán un tercio, hasta 99 unidades. Los drones MQ-4 y MQ-9 Reaper se reducen a la mitad, quedando en 12. Los aviones cisterna KC-135 y KC-46 pasan de 79 a 63. Los destructores bajan de 17 a 9, y los aviones de patrulla marítima de 26 a 15. Además, se elimina el compromiso con el único submarino de misiles de crucero, y tanto el portaaviones como el bombardero estratégico quedan en una unidad en lugar de dos.
Este último punto es el que concentra la mayor preocupación operativa. Según una fuente de la OTAN citada por Reuters bajo condición de anonimato, el principal hueco que la alianza aún no ha podido cerrar es precisamente el de los bombarderos estratégicos: Europa no dispone de una capacidad equivalente para sustituir esa segunda aeronave.
El secretario general Mark Rutte había adelantado a mediados de junio que los aliados estaban incrementando sus contribuciones y cubrirían «muchas» de las brechas, sin ofrecer detalles. La cumbre de Ankara, prevista para el 7 y 8 de julio, será el escenario donde la alianza anunciará formalmente ese progreso.
Conviene mirar los incentivos. La lógica detrás del recorte estadounidense no es el abandono, al menos según la narrativa oficial. Grynkewich la enmarca como un intento de terminar gradualmente con una «dependencia mutua poco saludable», en un contexto en que Washington evalúa la posibilidad de conflictos simultáneos en múltiples teatros de operaciones. Dicho de otro modo: EE.UU. está redistribuyendo sus compromisos globales, y Europa tiene ahora la presión —y también la oportunidad— de asumir mayor responsabilidad sobre su propia seguridad.
Esa presión ha producido resultados medibles en un plazo inusualmente corto. Que los aliados europeos hayan respondido en semanas a un recorte de esta magnitud sugiere que la capacidad latente existía; lo que faltaba era el incentivo para movilizarla. La arquitectura de defensa colectiva que se construyó durante décadas bajo paraguas estadounidense no desaparece, pero su centro de gravedad se desplaza.
La historia sugiere cautela. La capacidad de reemplazar activos en papel no equivale automáticamente a interoperabilidad probada, cadenas logísticas consolidadas ni voluntad política sostenida en el tiempo. Los bombarderos estratégicos son un recordatorio de que ciertas capacidades no se improvisan. Y la cumbre de Ankara llegará con una alianza que, según las propias fuentes consultadas, atraviesa una tensión sin precedentes, en parte porque varios gobiernos europeos siguen evaluando la seriedad de las amenazas del presidente Trump sobre una eventual retirada estadounidense de la OTAN.


