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Trump, el Mundial y el gol que dividió a Estados Unidos antes de jugarse

La intervención del presidente ante FIFA para revertir la tarjeta roja a Balogun convirtió un momento de unidad nacional en un campo de batalla partidista, justo cuando el fútbol americano alcanzaba 33 millones de espectadores.
Estados Unidosmartes 7 de julio de 2026

El fútbol estadounidense vivía su mejor momento en décadas. La selección masculina de Estados Unidos había avanzado a los octavos de final del Mundial con una campaña de 2-1 en fase de grupos y una victoria sobre Bosnia-Herzegovina —jugando con diez hombres durante buena parte del segundo tiempo— que atrajo 33 millones de espectadores en Fox y Telemundo, la audiencia más alta registrada para una transmisión de fútbol en el país. Era, según todas las métricas, la historia deportiva que los promotores del fútbol americano habían esperado durante generaciones.

Luego llegó la política.

El delantero Folarin Balogun —nacido en Brooklyn de padres que visitaban el país, criado en Gran Bretaña con raíces nigerianas— recibió una tarjeta roja en ese partido que implicaba suspensión automática para el duelo de octavos ante Bélgica, programado para el lunes por la noche en Fox y Telemundo. El presidente Donald Trump, que según la fuente aprendió junto con muchos estadounidenses lo que significaba esa sanción, llamó al presidente de FIFA, Gianni Infantino —quien le había entregado recientemente un «Premio a la Paz»— y le pidió «una revisión» del caso.

El resultado fue la reversión de la sanción bajo el llamado «Artículo 27», un mecanismo que FIFA se reserva para circunstancias excepcionales y que ya había utilizado antes: la misma organización revirtió una suspensión de tres partidos a Cristiano Ronaldo de Portugal antes del torneo. La UEFA, federación europea de fútbol, calificó la decisión de «incomprensible e injustificable». El entrenador de Bélgica, Rudi Garcia, ironizó: «No sabía que el 5 de julio era el 1 de abril». Infantino respondió que «los órganos judiciales de FIFA son independientes». Trump declaró: «No creí que fuera falta».

Conviene mirar los incentivos. Un reportaje del New York Post, citado en la fuente, señala que la reversión pudo haberse producido principalmente por amenazas legales de la Federación Estadounidense de Fútbol, y no necesariamente por la llamada presidencial. Ese matiz, sin embargo, quedó sepultado en el instante en que Trump se atribuyó públicamente el resultado: una vez dicho, el mundo —y él mismo— lo creerá así.

El equipo que protagonizaba esta historia es genuinamente notable: el entrenador Mauricio Pochettino es argentino; el extremo Christian Pulisic es de Pensilvania; el mediocampista Malik Tillman se crió en Alemania; el lateral Tim Weah nació en Nueva York y es hijo del hombre que llegaría a ser presidente de Liberia; el portero Matt Turner es, según la fuente, el único jugador judío conocido del torneo. Una fotografía de la diversidad americana en su mejor versión, construida sobre mérito y esfuerzo colectivo.

Ahora esa historia compite con el ruido. Algunos aficionados que no simpatizan con el presidente anunciaron en redes sociales que apoyarían a Bélgica. El columnista de ESPN Sam Borden describió el estado de ánimo nacional como «una paradoja incómoda, una mezcla de alegría teñida de malestar». La revista New York tituló que Trump «puede haber roto el Mundial».

El dato importa más que el ruido. Muchos expertos en fútbol consideran, según la fuente, que la acción de Balogun no merecía tarjeta roja. El Artículo 27 existe precisamente para corregir ese tipo de errores. El problema no es el resultado jurídico-deportivo; el problema es el método: una llamada presidencial pública a un funcionario deportivo internacional que, de manera demostrable, le debe favores políticos.

Lo que estaba en juego no era solo un partido. Era la posibilidad de que el fútbol —el deporte más global del planeta— funcionara por una vez como cemento social en un país fracturado. Esa oportunidad, construida durante semanas por un equipo multiétnico de genuino mérito, se redujo en un fin de semana a otra trinchera más del ciclo de noticias. La libre empresa del entretenimiento deportivo no necesita árbitros políticos; necesita que las instituciones —incluso las imperfectas como FIFA— operen con la apariencia mínima de independencia. Cuando esa apariencia se rompe, todos pierden: el equipo, los espectadores y, eventualmente, quien creyó ganar algo con la llamada.

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