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Menos del 1 % de probabilidades: tres amigos sobrevivieron un naufragio y un ataque de tiburón en el Golfo de México

Un bote hundido, un infarto silencioso, medusas y tiburones: la historia de Paul Le, Sonny y Lu desafió todos los cálculos de rescate de la Guardia Costera estadounidense.
Imagen generada con IA
Estados Unidoslunes 6 de julio de 2026

El 8 de octubre de 2022, Paul Le salió al Golfo de México en su recién adquirido bote de pesca de 24 pies junto a sus amigos de toda la vida Sonny y Lu. Era el primer viaje de Le con embarcación propia —un Pro-Line de consola central usado— y terminaría con los tres hombres aferrados a dos hieleras flotantes en medio de las aguas abiertas frente a la costa de Luisiana.

La historia la reconstruye Michael Tougias en su libro In Deep Water: A True Story of Sharks, Survival, and Courage (St. Martin's Press, 23 de junio), y los datos que ofrece son contundentes: una vez que el bote se hundió, la Guardia Costera estimó que las probabilidades de encontrar a los hombres con vida eran inferiores al 1 %.

Una cadena de fallas

El bote comenzó a tomar agua por debajo de cubierta, donde la fuga no fue detectada de inmediato. Al descubrirla, Le viró hacia la costa a toda velocidad, pero una ola inundó la embarcación y los motores se apagaron. La bomba de achique estaba rota, el radio no tenía alcance suficiente —las llamadas de auxilio quedaron sin respuesta— y nadie pudo encontrar la pistola de bengalas antes de que el bote se hundiera por completo.

Los tres hombres improvisaron una balsa atando dos hieleras. Una de ellas contenía doce botellas de agua, seis mandarinas y una pequeña cantidad de fiambre. Sin sombreros ni gafas de sol, expuestos a quemaduras severas bajo un día despejado, y con vientos que levantaban olas que los sacudían sin cesar, los recursos eran mínimos.

El bote se hundió antes del mediodía, pero nadie notó la ausencia de los tres hombres hasta el anochecer. La novia de Le, Sam, alertó entonces a la Guardia Costera, aunque no sabía con exactitud desde qué marina habían partido ni dónde estaban pescando. El área de búsqueda resultante fue equivalente en extensión al estado de Rhode Island.

Infarto, medusas y tiburones

Durante casi 24 horas en el agua, los tres enfrentaron una sucesión de adversidades. Intentaron nadar hacia una plataforma petrolera a aproximadamente una milla de distancia; tras tres horas de esfuerzo, la corriente los arrastró lejos del objetivo. Atravesaron un banco de medusas que los picó repetidamente. La presencia de peces rémora —que se adhieren a los tiburones— mantuvo el miedo constante.

Sonny, el más atlético del grupo, sufrió un infarto. No sintió dolor en el momento; solo lo supo cuando los médicos se lo informaron después. Lu, tras casi 24 horas en el agua, llegó al límite: grabó un video de 30 segundos de sí mismo flotando, aparentemente a modo de despedida. Le, por su parte, abandonó la balsa para nadar solo hacia el único barco camaronero visible; llegó a distancia de grito, pero los tripulantes encendieron motores y se alejaron sin advertir su presencia.

El peso de los incentivos personales

Tougias subraya que ninguno de los tres hombres se rindió del todo. Le quería volver con su prometida Sam y su hijo Alexander. Sonny necesitaba ver a su padre moribundo y cuidar a sus perros. Lu soñaba con comprar su primera casa. Son motivaciones concretas, no abstractas, y en situaciones extremas ese tipo de ancla suele marcar la diferencia entre capitular y resistir una hora más.

El caso ilustra también algo que conviene no perder de vista: la cadena de fallas —equipo de seguridad deficiente, zona muerta de señal telefónica, radio de corto alcance— no fue mala suerte pura. Fue el resultado acumulado de decisiones y omisiones previas al zarpe. La preparación individual, no la intervención institucional, fue la primera línea de defensa. La Guardia Costera llegó después; la voluntad de sobrevivir ya estaba en el agua.

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