El XVI Festival de Poesía en el Centro abre sus puertas esta semana en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Buenos Aires). La entrada es libre y gratuita. El ciclo se extiende de martes a viernes, con la lectura inaugural el martes a las 19 horas a cargo del poeta Leopoldo «Teuco» Castilla, seguida de un concierto de la cantautora y poeta Paula Maffía y la presentación de los invitados internacionales.
Entre los poetas extranjeros figuran los españoles Eva Guillamón, Antoni Clapés y Blanca Morel; los mexicanos Manuel Parra Aguilar y Julia Melissa Rivas; el italiano Antonio Nazzaro, y el chileno Alonso Mejías. Miércoles, jueves y viernes habrá dos mesas de lectura por día a partir de las 18.30.
La nómina argentina es amplia y de alcance federal. Participan, entre otros, Santiago Sylvester, Susana Villalba, Dolores Etchecopar, María Negroni —quien leerá versiones en castellano de los poemas del catalán Clapés—, Carlos Battilana, Martín Gambarotta y la poeta mapuche Viviana Ayilef. El organizador del evento, Carlos Aldazábal, coordinador del Espacio Juan L. Ortiz del CCC, subraya que el festival ha buscado siempre «un equilibrio entre la diversidad de voces y la calidad poética». La Patagonia, el norte y el litoral tienen representación explícita en la programación.
El festival reserva además un espacio para voces jóvenes: la tucumana Delfina Terán Cossio, la puntana Marlene Ayala y poetas porteños como Eliana Tomassini, Nuria Suaya y Stefano Branca. La tradición de incluir cantautores —en ediciones anteriores participaron Gabo Ferro, Teresa Parodi y el Tata Cedrón— continúa este año con Maffía.
Aldazábal destaca que el ciclo lleva dieciséis ediciones desde 2009, interrumpidas únicamente por la pandemia. A lo largo de ese recorrido han participado figuras como el poeta peruano Antonio Cisneros, Jorge Boccanera y Diana Bellessi, quien estuvo a cargo de la lectura inaugural de la primera edición.
El propio Castilla define el festival como «un mercado donde lo más caro es gratis» y lo describe como «impulsor de la unidad y solidaridad cultural entre los países de Latinoamérica y otros continentes». Aldazábal, por su parte, lo presenta como «un pequeño gesto de resistencia» ante lo que llama «la mercantilización de la vida».
Conviene mirar los incentivos. Un festival que sostiene dieciséis ediciones con entrada gratuita y convocatoria federal demuestra que la cultura puede circular sin que el Estado fije el precio de cada verso ni convierta la asistencia en obligación. El dato relevante no es el discurso de resistencia que algunos organizadores enarbolan, sino el modelo en sí: un espacio abierto donde la calidad compite sin barreras de acceso y el público elige libremente. Eso, más que cualquier declaración programática, es lo que hace sostenible a un ciclo de este tipo a lo largo de casi dos décadas.



