Las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá están suspendidas, y el vicepresidente JD Vance eligió Maine —estado fronterizo con alta dependencia del comercio bilateral— para explicar por qué Washington ha perdido la paciencia.
«Tratan los bienes chinos con más justicia que los bienes que vienen de la gente de Maine: es una locura», dijo Vance durante una sesión de preguntas y respuestas en Brewer, Maine, el lunes. «Y lo que le hemos dicho a Canadá es: páralo».
Vance afirmó que la administración estuvo cerca de cerrar un acuerdo antes de que las conversaciones se rompieran, y atribuyó el colapso a Ottawa: «Francamente creí que teníamos un trato. Creo que deberíamos tenerlo, pero creo que necesitamos enviar un mensaje claro al primer ministro de Canadá: deja de aprovecharte de la gente de Maine. Deja de aprovecharte de América. Se acabó».
El primer ministro canadiense anunció el viernes que Canadá suspendía las negociaciones. Horas después, el presidente Donald Trump publicó en Truth Social que planea imponer aranceles del 50% sobre vehículos, autopartes y acero fabricados en Canadá a partir de enero de 2027. «Canadá ha estado desplumando a los Estados Unidos de América durante años», escribió Trump, quien citó «un déficit de 60.000 millones de dólares entre nuestros dos países» como evidencia de que la relación comercial actual no es sostenible.
Vance realizó sus declaraciones durante una visita a Compotech, fabricante de tecnología de defensa en Brewer, donde respondió preguntas sobre el impacto de los aranceles en los negocios y consumidores de Maine. «Somos muy conscientes de que Maine es un estado fronterizo con Canadá», reconoció el vicepresidente. «Hay muchas transacciones transfronterizas entre Maine y Canadá».
El argumento central de Vance —que Canadá aplica condiciones más favorables a las importaciones chinas que a los productos estadounidenses— apunta directamente al corazón del debate proteccionista: si un socio del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) mantiene una política arancelaria asimétrica que favorece a un competidor estratégico como China, la lógica del acuerdo regional queda en entredicho.
Conviene mirar los incentivos. Ottawa suspendió las negociaciones días antes de que Washington fijara una fecha concreta para los nuevos aranceles; eso sugiere que el gobierno canadiense calculó que el costo político interno de ceder superaba el riesgo de una escalada. El problema es que ese cálculo ignora el calendario: enero de 2027 no es una fecha lejana para la industria automotriz ni para los productores de acero, sectores que necesitan certeza contractual hoy para tomar decisiones de inversión mañana.
Para los agricultores de Maine y para la libre empresa en general, el mensaje de Vance tiene una lógica directa: las reglas deben ser recíprocas o no son reglas. Que un vecino y aliado formal trate los bienes de un rival geopolítico con mayor benevolencia que los de su propio socio comercial no es solo una anomalía arancelaria; es una señal de que los incentivos del sistema están mal calibrados. El dato importa más que el ruido diplomático.



