Turquía bloqueó el acceso a dos de sus puertos a un crucero organizado por la empresa estadounidense Atlantis Events, con sede en Los Ángeles, que transporta pasajeros del colectivo LGBTQ+. El viaje, denominado «Athens to Venice», tenía previsto hacer escala en el puerto occidental de Kuşadası el 7 de julio antes de continuar hacia Estambul. Ninguna de las dos paradas se realizará.
Las autoridades locales de la provincia de Aydin, donde se ubica Kuşadası, comunicaron que habían cancelado las escalas porque la embarcación estaba reservada por grupos «conocidos por comportamientos incompatibles con el tejido de nuestra sociedad y nuestros valores morales». Los funcionarios añadieron que «no existe absolutamente ninguna posibilidad» de que el grupo visite la provincia para un evento de esa naturaleza.
El buque afectado es el «Scarlet Lady», propiedad de Virgin Voyages —respaldada por Richard Branson—, y se esperaba que transportara aproximadamente 1.900 pasajeros durante la travesía de diez días por el Mediterráneo, según informó Atlantis Events. Alrededor de 1.100 viajeros provenían de Estados Unidos; el resto llegaba desde el Reino Unido, Canadá, Australia y otros países.
Como resultado de la prohibición, el itinerario fue modificado: el crucero visitará El Cairo, Egipto, y la isla griega de Creta. El cambio fue comunicado a los pasajeros el jueves, una vez que las autoridades turcas cancelaron formalmente ambas escalas.
Rich Campbell, presidente y director ejecutivo de Atlantis Events, calificó la situación de «bastante impactante» en declaraciones a CNN. «La razón detrás de esto es que somos un grupo gay», señaló. Subrayó que la empresa lleva 36 años operando cruceros orientados al público LGBTQ+ y que nunca antes había sido impedida de atracar por la identidad de sus pasajeros. «Es la primera vez que se nos dice activamente que no podemos atracar aquí por quiénes somos», afirmó según CNN.
Campbell también rechazó que el viaje tuviera connotaciones políticas. «No somos una organización política. Estamos ahí únicamente para gastar dinero, pasarlo bien, hacer excursiones y ser increíblemente respetuosos con cada cultura que visitamos», declaró.
El veto se produce en un contexto de endurecimiento progresivo de la postura del gobierno del presidente Recep Tayyip Erdoğan frente al colectivo LGBTQ+. Las marchas del orgullo en Estambul llevan prohibidas desde 2015, con autoridades que citan razones de seguridad y orden público.
La lectura que importa. Turquía ejerce aquí una prerrogativa soberana indiscutible: ningún Estado está obligado a abrir sus puertos a ningún operador turístico. Ese principio merece reconocerse con claridad. Dicho esto, conviene mirar los incentivos: el país recibe millones de visitantes internacionales al año y su industria turística depende de la confianza en reglas estables y predecibles. Una política que discrimina pasajeros por su identidad introduce un factor de incertidumbre que los operadores globales ya están descontando, como ilustra este caso. El dato importa más que el ruido: 1.900 pasajeros —más de 1.100 estadounidenses— y sus divisas irán ahora a Egipto y Grecia. La historia sugiere cautela ante la idea de que el control cultural del turismo no tiene costos económicos; los tiene, y los pagan los empresarios locales que esperaban esas escalas.



