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Trump entre libros infantiles y presidentes fantasma

El presidente leyó en el podcast de Usha Vance un libro sobre las aficiones de sus predecesores y no resistió la tentación de editorializar. El resultado fue un retrato involuntario de cómo Trump procesa la historia.
Foto: dailywire.com
Líderesviernes 3 de julio de 2026

Conviene mirar los incentivos. Cuando un presidente en ejercicio acepta sentarse en el Despacho Oval a leer un libro ilustrado para niños, la pregunta relevante no es si el momento es digno del cargo, sino qué revela sobre el modo en que ese presidente construye su propia narrativa.

El viernes, Donald Trump apareció en «Storytime with the Second Lady», el podcast de Usha Vance dedicado a promover la lectura infantil. El libro elegido fue «Presidents Play!», producido por la White House Historical Society, que describe las aficiones de los mandatarios estadounidenses durante su tiempo en el cargo. Trump leyó. Y comentó.

Sobre John F. Kennedy: «Era apuesto. Dicen que fue el segundo presidente más atractivo». Sobre Barack Obama: «No sé si era buen jugador de baloncesto. Tiendo a dudarlo. En realidad, su deporte favorito es el golf, pero no estará en el Masters pronto». Sobre William Howard Taft, descrito en el libro como el presidente de mayor peso en la historia del cargo: «Tengo que tener cuidado, porque no quiero superar su récord. Y eso sería posible si lo permitiera». El giro hacia la autoconsciencia física fue inmediato y calculado.

El patrón se repite a lo largo de la lectura. Cada anécdota sobre un predecesor termina como espejo. Gerald Ford construyó una piscina exterior en la Casa Blanca; Trump dice que no sabe si se vería bien en traje de baño. Dwight Eisenhower instaló un green de putting en el South Lawn; Trump precisa que nunca lo ha usado «porque quería que me vieran trabajando, no poniendo». Bill Clinton tenía una pista de jogging; Trump descarta imitarlo, aunque añade que Clinton «era un buen tipo» y que todavía le cae bien.

El dato importa más que el ruido. Lo que emerge no es frivolidad, sino una técnica narrativa consistente: Trump utiliza la historia presidencial como fondo sobre el que proyectar su propia imagen. La semana anterior había inaugurado la biblioteca presidencial de Theodore Roosevelt en Dakota del Norte, donde centró su discurso en el Canal de Panamá —cuya construcción comenzó durante la presidencia de Roosevelt— y llegó a interactuar con un holograma de TR para preguntarle si consideraba el canal su mayor logro. En una entrevista con CNBC el jueves, citó a Herbert Hoover para explicar por qué inició negociaciones con Irán: no quería ser el presidente que presidiara «la gran depresión mundial».

La historia sugiere cautela ante lecturas demasiado lineales. Que Trump piense en términos de legado no es excepcional; todos los presidentes lo hacen. Lo que sí es peculiar es la frecuencia y la publicidad del ejercicio. En la misma semana en que lee un libro infantil sobre presidentes, planifica un arco triunfal cerca de la entrada al Cementerio Nacional de Arlington y avanza en la construcción de un salón de baile que reemplazará el ala este de la Casa Blanca.

Cuando Usha Vance le preguntó sobre sus hábitos de lectura, Trump fue directo: «Termino leyendo principalmente periódicos. Generalmente leo historias sobre mí mismo».

La frase podría leerse como humor. También podría leerse como programa. En cualquier caso, es el resumen más preciso de la sesión.

Trump cerró su aparición con un mensaje para los niños en vísperas del 4 de julio: «Tenemos un gran país. Un país que ahora mismo está un poco al borde. Puede ir en una dirección o en otra. Pero lo vamos a hacer ir hacia el otro lado». El libro ilustrado quedó en segundo plano. El candidato a la posteridad, en primer plano.

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