El presidente Donald Trump viaja a Ankara para la próxima cumbre de la OTAN, y Recep Tayyip Erdoğan vuelve a ocupar el centro del tablero de la alianza. Trump ha calificado al mandatario turco de «amigo» y «líder respetado», una señal que podría definir las negociaciones de defensa entre Washington y Ankara, incluidos los esfuerzos de Turquía por restaurar una cooperación militar más profunda con Estados Unidos.
El momento subraya la posición singular que Erdoğan ocupa hoy. Tras recibir el sistema ruso de defensa antimisiles S-400 en 2019 —decisión que lo convirtió en el aliado más incómodo de la OTAN— Turquía se ha vuelto progresivamente difícil de marginar para la alianza. La guerra en Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio y la creciente importancia estratégica del Mar Negro han revalorizado cada pieza del tablero otomano.
La administración Trump acaba de aprobar una venta de armas a Turquía por 700 millones de dólares, según informó el embajador estadounidense ante la OTAN, Matthew Whitaker, al analizar la próxima cumbre. El dato es relevante: ilustra que Washington ha decidido priorizar la utilidad geoestratégica de Ankara sobre los reparos que generó el episodio del S-400.
Un pragmatismo sin ideología fija
Erdoğan lleva más de dos décadas en el poder. Su trayectoria abarca transformaciones que desconciertan a analistas de todos los cuadrantes: alcalde de Estambul con raíces islamistas, luego reformador pro-europeo, después nacionalista de mano dura, y hoy intermediario clave cortejado por las grandes potencias. Para sus seguidores, devolvió a Turquía su peso global. Para sus críticos, vació sus instituciones democráticas mientras encarcelaba rivales, periodistas y activistas.
Gönül Tol, directora fundadora del Programa Turquía del Middle East Institute y autora de «Erdoğan's War: A Strongman's Struggle at Home and in Syria», lo sintetiza con precisión: «No es un hombre ideológico. Es muy pragmático, ante todo un populista», declaró a Fox News Digital. Sus raíces están en el movimiento islamista turco —estudió en una escuela religiosa Imam Hatip y entró a la política a través del Outlook Nacional, el movimiento fundado por Necmettin Erbakan—, pero esa identidad no lo ha confinado a ningún casillero permanente.
La historia sugiere cautela ante quien ha sido, según los expertos, islamista, nacionalista, aliado occidental y socio ruso en distintos momentos, según lo exigiera su objetivo prioritario: permanecer en el poder.
Lo que está en juego en Ankara
Conviene mirar los incentivos. Para Trump, Erdoğan ofrece un interlocutor con influencia real sobre el flanco sur de la OTAN, acceso al estrecho del Bósforo y capacidad de presión sobre Moscú y Teherán simultáneamente. Para Erdoğan, la visita presidencial y la venta de armamento representan una rehabilitación diplomática que Ankara lleva años buscando tras las sanciones derivadas del S-400.
El dato importa más que el ruido: la cumbre de Ankara no es solo una foto de familia aliada. Es el escenario en que Washington y Turquía negocian los términos de una relación que, bien administrada, puede reforzar la disuasión en el Mar Negro y estabilizar el flanco oriental de la alianza. Mal gestionada, puede otorgar a Erdoğan una legitimidad que utilice para continuar erosionando las instituciones internas sin coste externo.
Para una alianza que necesita resultados más que declaraciones, el pragmatismo de Erdoğan puede ser un activo. La pregunta que Ankara no responde es si ese pragmatismo tiene límites cuando los intereses turcos divergen de los occidentales. La historia del S-400 sugiere que no los tiene.



