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Tres factores explican la destrucción excepcional en La Guaira

Un doblete sísmico sin precedentes desde 1812, suelos que amplificaron las ondas y construcciones irregulares convergieron el 24 de junio para sepultar familias enteras en la costa norte venezolana.
Foto: elcomercio.pe
Líderessábado 4 de julio de 2026

El dato importa más que el ruido. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron Venezuela el 24 de junio con epicentros en el estado de Yaracuy, pero la devastación máxima se concentró a decenas de kilómetros de distancia, en La Guaira. La explicación no es paradójica: la física sísmica, la geología local y décadas de construcción cuestionable se combinaron con una precisión letal.

El gobierno venezolano declaró a La Guaira zona de desastre e informó que más de 800 edificios resultaron dañados en todo el país, la mayoría en ese estado. Informes independientes del Instituto de Investigación de Sistemas Ambientales (ESRI) elevan esa cifra a alrededor de 900. La NASA realizó una estimación preliminar de edificaciones que podrían haber sufrido daños en toda Venezuela y la situó en alrededor de 59.000, aunque esa proyección es referencial y no incluye verificaciones en el terreno.

El impacto a quemarropa

El borde costero de La Guaira está situado justo frente a la falla de San Sebastián, el punto de fricción entre la placa Sudamericana y la placa del Caribe. Esa falla corre por el fondo submarino de oeste a este, casi paralela a la costa. Según estudios del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia y del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el mayor impacto del segundo sismo ocurrió precisamente frente a esas costas.

«El impacto fue a quemarropa», resume José María de Viana, ingeniero civil y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. La investigación italiana arrojó que el deslizamiento de la tierra alcanzó un máximo de 3,6 metros en el lecho marino justo al norte de Catia La Mar, una de las ciudades más castigadas.

Rafael Abreu, geofísico del USGS, señala que el doble evento reunió alta magnitud, larga duración, poca profundidad y un deslizamiento horizontal con características que agravaron el fenómeno. «Tuvo todas las características para ser un terremoto desastroso en cualquier lugar del mundo», afirmó a BBC Mundo. El último doblete sísmico registrado en Venezuela data de 1812.

El suelo como amplificador

Conviene mirar los incentivos geológicos. Michael Schmitz, profesor de geofísica de la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Central de Venezuela, advierte que no todos los suelos son iguales en La Guaira. En Caraballeda existe una cuenca profunda de unos 400 metros donde el suelo más blando amplificó los movimientos. En Catia La Mar, en cambio, los suelos tienden a ser de roca intermedia, lo que no impidió el colapso.

De Viana añade que sectores del estado están asentados sobre conos fluviales con sedimentos blandos de poco espesor que «actuaron como un filtro que amplificó brutalmente el movimiento del terreno». Sergio Barrientos, director del Centro Sismológico Nacional de la Universidad de Chile, explica el fenómeno con precisión: «La falla no se mueve igual en todas partes», y donde la ruptura es mayor «las ondas sísmicas son más fuertes y tienen mayor amplitud aunque el epicentro haya sido en otro lugar».

La pregunta incómoda sobre las construcciones

El tercer factor es el más políticamente sensible. Feliciano de Santis, presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, señala que entre las razones del colapso figuran «irregularidades en las construcciones». La pregunta que circula entre expertos, según las fuentes consultadas, es si hubo negligencia o corrupción en la edificación de algunas estructuras.

Ruth Quereguán, investigadora de la Escuela de Geología, Minas y Geofísica de la Universidad Central de Venezuela, recorrió Catia La Mar y la zona del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. «Vi tanta o más devastación que en el deslave», declaró, refiriéndose a los corrimientos de tierra del cerro El Ávila en diciembre de 1999. Casi tres décadas después de aquella tragedia, la misma franja costera vuelve a ser escenario de una catástrofe.

La historia sugiere cautela ante las respuestas fáciles. La física explica una parte del desastre; la gestión del territorio y el control de obras explican otra. En un Estado que lleva años sin rendir cuentas sobre sus instituciones, separar ambas causas será tan difícil como urgente.

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