En los últimos dos meses, una serie de terremotos de gran magnitud ha captado la atención mundial. El 24 de junio, dos sismos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudieron Venezuela con apenas segundos de diferencia. A finales de julio, un terremoto de magnitud 7.1 golpeó el sur de Japón. El 10 de agosto, otro de magnitud 7.4 se registró en Colombia. Cinco días después, un sismo de magnitud 7.7 sacudió la isla de Flores, en Indonesia. Poco después, Granada, en España, registró un terremoto de magnitud 4.8, seguido el 18 de agosto por tres nuevos sismos de magnitudes 4.8, 4.2 y 4.0 en la misma región andaluza.
La sucesión ha alimentado la pregunta inevitable: ¿está la Tierra atravesando una fase de mayor actividad sísmica global? Según María Belén Benito Oterino, catedrática en el área de Mecánica de los Medios Continuos y Teoría de Estructuras de la Universidad Politécnica de Madrid, la respuesta es clara: «no tenemos evidencias de que la Tierra atraviese una fase de mayor actividad tectónica global».
Azar, no sincronía
Benito Oterino recurre a una analogía precisa: lanzar una moneda varias veces seguidas y obtener cara en cada intento no altera la probabilidad del siguiente lanzamiento. Con los terremotos ocurre algo equivalente. Los análisis estadísticos del catálogo mundial de sismos de magnitud 7 o superior muestran que las aparentes agrupaciones globales pueden explicarse por variabilidad aleatoria, junto con las secuencias locales de réplicas.
En promedio, en el mundo se producen alrededor de 16 terremotos de magnitud 7 o superior cada año, aproximadamente uno cada tres semanas. Muchos pasan desapercibidos porque ocurren bajo el océano, a gran profundidad o lejos de zonas habitadas.
La superficie terrestre está fragmentada en placas tectónicas que se desplazan a velocidades de unos pocos centímetros al año. En sus bordes se acumulan esfuerzos durante años, décadas o siglos hasta que se produce una ruptura brusca. Pero ese proceso no está sincronizado a escala planetaria: una falla en los Andes, otra en el Caribe y otra en la península ibérica responden a contextos tectónicos bien diferentes. No existe, según la experta, ningún mecanismo capaz de acelerar simultáneamente el movimiento de las placas a escala global.
Cuándo sí hay relación: el caso venezolano
La situación cambia cuando se reduce la escala geográfica. Después de un gran terremoto es habitual que se produzcan réplicas en la misma región: la ruptura principal modifica los esfuerzos de las rocas circundantes y favorece nuevas rupturas. El doblete venezolano —dos sismos de magnitud comparable, con epicentros próximos y separados por un intervalo corto— ilustra el mecanismo conocido como transferencia de esfuerzos de Coulomb.
Sin embargo, ese mecanismo no puede extrapolarse a terremotos distantes. Los cambios estáticos de esfuerzo disminuyen rápidamente con la distancia. Una posible relación entre los dos sismos venezolanos no implica conexión con el terremoto de Colombia.
Percepción y vulnerabilidad
Lo que hace especialmente llamativa la sucesión reciente no es un aumento excepcional de la actividad sísmica, sino que varios de estos terremotos han afectado zonas pobladas y han causado daños importantes. La magnitud tampoco determina por sí sola el impacto: dos sismos similares pueden tener consecuencias muy distintas según la profundidad, la distancia a las poblaciones y, sobre todo, la vulnerabilidad de edificios e infraestructuras.
A ello se suma, apunta Benito Oterino, la tendencia humana a buscar patrones: cuando un terremoto destructivo ocupa las noticias, el siguiente recibe más atención y resulta natural relacionarlos, aunque geológicamente sean independientes.
Conviene mirar los incentivos detrás del alarmismo. La narrativa de una Tierra «desestabilizada» puede movilizar recursos públicos y atención mediática, pero si no está respaldada por evidencia científica, distorsiona la asignación de prioridades. Lo que sí importa —y las fuentes lo confirman— es la vulnerabilidad de las infraestructuras en zonas sísmicas: ahí reside el verdadero margen de acción para reducir el costo humano de eventos que, por su naturaleza, no pueden prevenirse, solo anticiparse con instituciones y construcciones a la altura del riesgo.



