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Infraestructura bajo tierra: la guerra en Ucrania acelera una industria que la innovación privada ya estaba transformando

Nuevas tuneladoras de plasma y centros de datos excavados en roca apuntan a un mercado en expansión; la vulnerabilidad de las instalaciones en superficie ante drones convierte la profundidad en activo estratégico.
Foto: bbc.com
Ciencia y tecnologíalunes 24 de agosto de 2026

Una tuneladora capaz de alcanzar los 27.000 °C —temperatura superior a la de la superficie del Sol, según las fuentes— perforó tres metros de granito en una cantera de California en enero pasado. La máquina, desarrollada por EarthGrid, utiliza tres antorchas de plasma montadas en un cabezal giratorio que genera un vórtice capaz de succionar los escombros, que en ocasiones adoptan la forma de lava.

Troy Helming, fundador y director ejecutivo de EarthGrid, describe el arranque del equipo como «encender un cohete». La prueba fue exitosa, aunque la máquina perforó ligeramente de más en la parte superior e izquierda del túnel. El equipo planea ajustar el vórtice para que gire en direcciones alternas cada cinco minutos, y espera que el sistema pueda implementarse comercialmente incluso el próximo año.

Helming señala haber recibido interés de empresas que buscan usar la tuneladora para cables de energía y fibra óptica, oleoductos de agua, gas natural o amoníaco, y para un sistema subterráneo de distribución de mercancías alrededor de aeropuertos y almacenes.

El impulso geopolítico

Las empresas de ingeniería consultadas por la BBC reportan una demanda creciente de instalaciones subterráneas, en parte atribuida a la guerra de Rusia con Ucrania, que ha expuesto la vulnerabilidad de la infraestructura en superficie ante ataques con drones. Robbie McGoran, jefe de captación de proyectos en Joseph Gallagher —empresa de ingeniería civil y construcción de túneles—, afirma que los países fronterizos con Rusia preguntan cada vez más sobre infraestructura subterránea y son «muy cautelosos a la hora de decidir a quién permiten realizar este tipo de trabajos».

Alexander RE Taylor, profesor titular de comunicación en la Universidad de Exeter, ha identificado lo que denomina una «explosión de los búnkeres de datos»: centros de datos que se ubican progresivamente bajo tierra. Taylor recuerda que la estrategia defensiva subterránea tiene precedentes históricos de peso: los túneles de al Qaeda representaron, según él, «un grave problema estratégico para Estados Unidos durante la guerra de Afganistán», y las instalaciones nucleares subterráneas de Irán son conocidas por ser extremadamente difíciles de destruir.

El modelo de negocio ya existe

En los Dolomitas italianos, el centro de datos Trentino DataMine quedó finalizado a principios de este año en cavernas excavadas 100 metros bajo tierra, junto a almacenes que en años recientes albergaron vino espumoso, manzanas y queso. Su director ejecutivo, Dennis Bonn, sostiene que «noventa millones de metros cúbicos de roca dolomítica proporcionan protección natural contra intrusiones físicas, interferencias electromagnéticas, eventos sísmicos y riesgos hidrogeológicos; niveles de protección que sencillamente no se pueden replicar en la superficie». El espacio naturalmente fresco reduce además el costo energético de refrigeración de servidores.

En el lecho marino, Lane Burdette, analista sénior de TeleGeography, señala que cada vez se entierran más cables submarinos a profundidades de hasta tres metros, y que en zonas propensas a fallas se entierran a lo largo de toda su extensión. Los datos sugieren que las fallas se han vuelto menos frecuentes por kilómetro de cable desplegado a medida que el enterramiento se generaliza.

Lo que el mercado está diciéndole a los gobiernos

Conviene mirar los incentivos. La demanda que reportan las empresas de ingeniería no proviene de mandatos regulatorios sino de clientes que calculan riesgos reales: ataques con drones, anclas de barcos, interferencias electromagnéticas, costos de refrigeración. Cuando el sector privado asume el costo de enterrar infraestructura crítica sin esperar subsidios, la señal es clara: la superficie ya no ofrece la ecuación de riesgo-beneficio que ofrecía hace una década.

El dato importa más que el ruido. Tecnologías como la tuneladora de plasma de EarthGrid o los centros de datos en roca viva no son proyectos de laboratorio financiados por el aparato estatal; son apuestas comerciales con horizonte de implementación próximo. La geopolítica aceleró la demanda, pero fue la innovación privada la que construyó la oferta. Esa combinación —amenaza real más solución de mercado— es precisamente el tipo de coyuntura que produce industrias duraderas.

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