Culiacán volvió a ser escenario de violencia extrema con seis homicidios registrados en distintos puntos de la ciudad en una misma jornada. El episodio más revelador ocurrió frente al Palacio de Gobierno del estado de Sinaloa, donde dos personas de apariencia joven, aún sin identificar, fueron acribilladas a bordo de un vehículo Versa blanco con disparos de fusiles automáticos.
El automóvil quedó en sentido contrario sobre la avenida Lázaro Cárdenas, esquina con Constitución, en el Centro de Sinaloa. Peritos de la Fiscalía General del Estado levantaron las actas correspondientes sobre el número de impactos recibidos por el vehículo y sus ocupantes. Los atacantes lograron huir de la zona.
El detalle que concentra la atención es que el Palacio de Gobierno contaba, en ese momento, con vigilancia externa continua de policías municipales, estatales y personal del Ejército. Ninguno de esos efectivos logró detener a los responsables del doble homicidio.
En un segundo hecho, dos hombres identificados como Javier «N», de 47 años, y Jorge «N», de 45 años, fueron atacados a balazos en el interior de un expendio de cerveza ubicado en el fraccionamiento Infonavit Barrancos, en la parte sur-poniente de la capital. Ambos fallecieron en el lugar.
Un tercer caso se registró en las escalinatas de un puente peatonal en la comunidad del Campo el Diez, en la salida sur de Culiacán. La víctima, Jesús Alberto «N», de 29 años, fue asesinada de varios disparos cuando ascendía el puente. Los atacantes huyeron al verlo caer. Una llamada anónima a las líneas de emergencia alertó a los cuerpos de seguridad; al llegar, confirmaron que la víctima no presentaba signos vitales.
El sexto homicidio ocurrió en la colonia El Mirador: José «N», de 40 años, fue privado de la vida de varios disparos frente a su domicilio. Sus agresores se desplazaban en motocicleta y se alejaron rápidamente del lugar.
El dato importa más que el ruido. Que dos personas sean acribilladas con fusiles automáticos frente al edificio que concentra la mayor densidad de fuerzas de seguridad en la capital sinaloense no es un accidente operativo: es una demostración de fuerza deliberada. El mensaje no va dirigido a las víctimas, sino al Estado.
Conviene mirar los incentivos. La presencia simultánea de policía municipal, policía estatal y Ejército en un mismo perímetro sin capacidad de respuesta efectiva ilustra un problema que va más allá del número de efectivos desplegados: es un problema de coordinación, de inteligencia y, en última instancia, de voluntad institucional. Mientras el aparato estatal acumule presencia sin resultados, la violencia seguirá cotizando a la baja el costo de operar en Sinaloa. Los contribuyentes financian ese despliegue; la seguridad que debería garantizar brilla por su ausencia.



