Conviene mirar los incentivos que mantienen vivo un proyecto científico durante casi siete décadas. La Exploración Harvard-Cornell de la Antigua Sardis lleva operando sin interrupción desde 1958, lo que la convierte en uno de los proyectos de excavación institucional más prolongados del mundo. Este verano, ese esfuerzo acumulado obtuvo su reconocimiento más visible: la UNESCO incorporó Sardis a su Lista del Patrimonio Mundial.
Sardis no es un yacimiento cualquiera. Ubicada en el oeste de Turquía, fue capital del reino de Lidia durante la Edad de Hierro y ocupó una posición estratégica entre el Mediterráneo y la meseta de Anatolia. Según Annetta Alexandridis, profesora asociada de historia del arte y estudios clásicos en Cornell, la ciudad funcionó como «un lugar de encuentro cultural entre Oriente y Occidente». Griegos, romanos, bizantinos y otomanos se sucedieron como sus gobernantes; los estratos arqueológicos registran esa continuidad desde el tercer milenio antes de Cristo hasta la actualidad.
Los lidios son reconocidos ampliamente como los inventores de la moneda acuñada. Su rey Creso se convirtió en sinónimo de riqueza extrema. Alejandro Magno conquistó Lidia, y Sardis pasó después al Imperio Romano, luego al Bizantino y finalmente al Otomano. Que un solo sitio condense esa secuencia, sin que una ciudad moderna lo haya sepultado, es, en palabras de Alexandridis, lo que hace la excavación «tan fascinante».
El dato importa más que el ruido: la ausencia de urbanización moderna sobre el yacimiento es precisamente lo que permite leer esas capas superpuestas. El equipo ha documentado murallas de adobe, la acrópolis, un basurero del período persa, un taller de refinación de oro, un distrito comercial antiguo y, más recientemente, una plaza santuario que requirió quince años de excavación. En las décadas de 1950 y 1960, el proyecto reconstruyó un complejo monumental de baños y gimnasio, y la que se considera la sinagoga más grande del mundo antiguo, modelos que influyeron en trabajos similares en otros sitios arqueológicos.
Benjamin Anderson, profesor asociado de historia del arte en Cornell, subraya el valor de la continuidad institucional: «Muchos de nosotros conocemos y hemos sido guiados por colegas de la generación anterior de excavadores. Como resultado, es uno de los pocos proyectos arqueológicos a largo plazo en la región que ha generado una masa crítica de datos».
Sin embargo, el historial de Sardis no está exento de sombras. La primera excavación moderna, dirigida por la American Society for the Excavation of Sardis a comienzos del siglo XX, fue, según Alexandridis, «una explotación a gran escala». Artefactos fueron dañados, desaparecieron o llegaron a Estados Unidos por medios cuestionables. Entre ellos figura una columna monumental que permanece expuesta en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. El proyecto concluyó con la Guerra Greco-Turca en los años veinte del siglo pasado, y solo décadas después algunos objetos comenzaron a regresar a Turquía.
«Es uno de los primeros casos en que podemos ver toda la discusión sobre la restitución de antigüedades exportadas ilegalmente», señala Alexandridis. El debate sobre custodia y responsabilidad del patrimonio cultural sigue abierto, y la designación de la UNESCO no lo cierra: lo amplifica.
Hoy el proyecto opera desde los Museos de Arte de Harvard e integra investigadores de instituciones turcas y de varias universidades estadounidenses, entre ellas la Universidad de Wisconsin-Madison y la Universidad de California en Berkeley. Cornell contribuye principalmente con estudiantes de posgrado y un número creciente de alumnos de grado, que trabajan diez semanas cada verano en el sitio.
La historia sugiere cautela ante los grandes anuncios. La designación de la UNESCO es un instrumento de protección, no una garantía automática. Lo que Sardis ofrece —capas de civilización legibles, instituciones comprometidas y una comunidad local involucrada— es un modelo que pocos yacimientos pueden replicar. El equilibrio entre preservación, acceso y justicia patrimonial será la prueba real del reconocimiento obtenido.



