La física, no el tamaño, determina la velocidad de una araña. Esa es la conclusión central de un estudio internacional que analizó 162 especies vivas recolectadas en el Reino Unido, América del Norte, el sur de Europa y Australia, más decenas de ejemplares procedentes de tiendas especializadas.
El trabajo, liderado por Shreyas Kuchibhotla del Imperial College London junto con colegas de varias universidades, incluyó también registros de velocidad de otras 96 especies documentados por equipos independientes. El resultado más llamativo: la araña cazadora de la jungla (Heteropoda jugulans), un ejemplar de 3 gramos hallado en Queensland, Australia, alcanzó los 3,59 metros por segundo, según mediciones realizadas por Christofer Clemente y su equipo en la Universidad de Sunshine Coast.
El récord oficial vigente pertenecía a la araña voltereta marroquí (Cebrennus rechenbergi), capaz de llegar a 1,7 metros por segundo mediante un movimiento de rodadura. Jonas Wolff, de la Universidad de Greifswald, Alemania, cuestiona esa referencia: «Es un tipo especial de locomoción, no es correr, y solo funciona cuesta abajo en dunas de arena».
Para obtener datos comparables, cada espécimen fue pesado y luego inducido a correr sobre papel cuadriculado A3 o A4. La mayoría respondió al contacto suave de un pincel. Las tarántulas, sin embargo, exigieron ráfagas de aire comprimido. «Este proyecto habría terminado en un mes si las arañas entendieran inglés», señaló Kuchibhotla.
La sorpresa menor del estudio fue la araña duende naranja (Oonops pulcher): pesa apenas 0,1 miligramos y se desplazó a más de 20 centímetros por segundo. «Nada me había preparado para ver cómo prácticamente se teletransportaba por el área de prueba», dijo el investigador.
En términos generales, las arañas más grandes tendieron a ser más rápidas, pero la correlación no es lineal. Tras controlar el tamaño corporal y el parentesco evolutivo, el equipo concluyó que la velocidad se asocia con patas relativamente más largas, pero no con su delgadez ni, sorprendentemente, con si la araña vive invertida o no.
David Labonte, integrante del equipo en el Imperial College, subrayó que la velocidad está en última instancia determinada por la física, aunque son las estrategias de caza las que impulsan las adaptaciones anatómicas y fisiológicas extremas a lo largo de la evolución. El paralelo que propone es directo: «Un guepardo supera con comodidad a la mayoría de los perros de tamaño similar. Es porque su estilo de vida ha hecho beneficiosa esa velocidad, pero sigue siendo la física quien la dicta».
Leanda Mason, de la Edith Cowan University en Perth, sintetizó el hallazgo con precisión: «La araña cazadora aporta el gancho para el libro de récords, pero el descubrimiento más profundo es que la velocidad de las arañas está moldeada por la arquitectura de las patas y la historia evolutiva, no simplemente por el tamaño o por si teje una telaraña».
Conviene mirar los incentivos evolutivos: la caza activa premia patas largas más que masa corporal. El dato importa más que el ruido del récord en sí.



