Un objeto que viaja solo por el espacio durante miles de millones de años puede guardar más información sobre los orígenes del universo que cualquier misión diseñada ex profeso. Eso es, en esencia, lo que representa el cometa interestelar 3I/ATLAS, y los datos que acumula siguen siendo extraordinarios.
Investigadores liderados por la astrónoma Cyrielle Opitom, de la Universidad de Edimburgo, utilizaron el Espectrógrafo Ultravioleta y Visual Echelle (UVES) del Very Large Telescope de la Observatorio Europeo Austral para obtener nuevas mediciones de isótopos en la coma y la cola del cometa. Los resultados, publicados el 6 de julio en la revista Nature Astronomy, refuerzan observaciones previas del Telescopio Espacial James Webb (JWST) y añaden una dimensión nueva: la medición de isótopos de nitrógeno.
Un fósil de otra era galáctica
Los isótopos son versiones de elementos atómicos con distinto número de neutrones. Su proporción en los gases liberados por un cometa al acercarse al Sol funciona como una huella dactilar de las condiciones en que se formó. El equipo de Opitom encontró que la proporción de carbono-12 a carbono-13 en 3I/ATLAS es más alta que la registrada en los cometas de nuestro sistema solar o en el medio interestelar local. Dado que el carbono-13 se produce en mayor abundancia con el tiempo —típicamente en estrellas gigantes rojas—, la predominancia del carbono-12 indica que 3I/ATLAS nació hace mucho, antes de que el carbono-13 se acumulara en la galaxia. Esto respalda las mediciones del JWST, que ya habían sugerido una edad de entre 10 y 12 mil millones de años, más del doble de la edad de nuestro sistema solar, que tiene 4.600 millones de años.
La novedad más llamativa proviene del nitrógeno. El equipo, co-liderado por Jean Manfroid y Damien Hutsemékers de la Universidad de Lieja, midió una proporción de nitrógeno-14 a nitrógeno-15 más del doble de la registrada en cometas nativos de nuestro sistema solar. Esa proporción es característica de los bordes exteriores de los discos de formación planetaria alrededor de estrellas jóvenes, lo que sugiere que 3I/ATLAS se formó muy lejos de su estrella progenitora, quizás en el equivalente de su cinturón de Kuiper.
¿Expulsado o robado?
La pregunta natural es cómo terminó este objeto vagando solo por el espacio interestelar. Los modelos astrofísicos indican que planetas gigantes en migración pueden expulsar cuerpos pequeños fuera de sus sistemas. Sin embargo, dado que 3I/ATLAS se formó lejos de donde ocurriría esa actividad planetaria, el equipo considera plausible otra explicación: que la gravedad de una estrella en tránsito lo arrancara de su sistema de origen y lo lanzara al espacio profundo.
El JWST ya había revelado previamente que 3I/ATLAS es rico en monóxido de carbono y dióxido de carbono en relación con el agua, contiene abundancias inesperadamente altas de níquel y hierro, y presenta una proporción muy elevada de metanol respecto al cianuro de hidrógeno. Todo ello apunta a que se formó en un entorno con condiciones y química notablemente distintas a las de nuestro sistema solar.
Los dos objetos interestelares identificados anteriormente —1I/'Oumuamua y 2I/Borisov— no permitieron mediciones comparables: el primero no mostró desgasificación visible y el segundo era demasiado tenue. 3I/ATLAS, en cambio, ofrece una ventana sin precedentes.
El dato importa más que el ruido. Lo que estos resultados revelan no es solo la historia de un cometa errante, sino la posibilidad concreta de que objetos interestelares futuros permitan construir una suerte de registro fósil de la química planetaria a lo largo del tiempo y el espacio de la Vía Láctea. La inversión en instrumentos como el JWST y el VLT —infraestructura científica de largo plazo— produce exactamente este tipo de retorno: conocimiento que ninguna agenda de corto plazo podría haber planificado, y que ningún presupuesto recortado habría podido comprar.



