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Cerebros recién nacidos, ya equipados para contar

Un estudio con EEG identifica por primera vez el mecanismo neuronal que permite a bebés de horas distinguir cantidades. El hallazgo abre la puerta a detectar precozmente la discalculia.
Foto: newscientist.com
Ciencia y tecnologíasábado 4 de julio de 2026

El dato importa más que el ruido: los seres humanos no aprenden a percibir los números, nacen con esa capacidad instalada. Lo que hasta ahora era una hipótesis respaldada por experimentos conductuales tiene, desde esta semana, una base neurológica medible.

Marco Buiatti, de la Universidad de Trento, y sus colegas equiparon a 21 recién nacidos —entre 0 y 3 días de vida— con gorros de electroencefalografía (EEG) que registran la actividad eléctrica cerebral. Durante los breves momentos de alerta que los bebés conceden al mundo —«un minuto o dos», según el propio Buiatti— los investigadores les presentaron simultáneamente una grabación de voz que repetía sílabas en grupos de cuatro o de doce, y una imagen con el mismo número de puntos, ya fuera concordante o discordante con el audio.

El resultado fue preciso: la actividad eléctrica en la zona parietotemporal —región que organiza e integra información sensorial— disminuía cuando el número de puntos coincidía con el número de sílabas. Cuando no coincidía, la actividad neuronal aumentaba. El mecanismo es el mismo que opera en el cerebro adulto: la llamada «supresión por repetición», un proceso adaptativo que reduce la respuesta ante estímulos reiterados para ganar eficiencia. Un número distinto de puntos «libera al cerebro de ese efecto de adaptación», explica Buiatti.

«Es la primera vez que demostramos un mecanismo neuronal para este sentido innato del número», afirma el investigador. Brian Butterworth, de University College London, quien no participó en el estudio, lo encuadra con claridad: percibir cantidades es parte del equipamiento de arranque del ser humano, tan automático como ver el color verde en un cuenco de peras sin necesidad de razonar.

Conviene mirar los incentivos evolutivos. La capacidad de distinguir rápidamente entre un depredador y varios, o entre escasa y abundante comida, habría representado una ventaja de supervivencia considerable. El sentido numérico no es, por tanto, un lujo cognitivo tardío: es infraestructura biológica.

Las implicaciones clínicas son igualmente relevantes. La investigación ya disponía de evidencia de que el sentido numérico a los 12 meses predice las habilidades matemáticas años después. Conocer el sustrato neuronal de ese sentido desde el nacimiento abre la posibilidad de diseñar un biomarcador temprano para identificar niños en riesgo de desarrollar discalculia, el trastorno que afecta la capacidad de comprender, recordar o usar información numérica.

El camino metodológico no es sencillo. Estudiar la cognición en recién nacidos exige paciencia: las ventanas de atención son mínimas y los protocolos, lentos. Buiatti lo reconoce sin ambages, aunque añade que los resultados compensan el esfuerzo.

La historia sugiere cautela ante extrapolaciones prematuras: un mecanismo neuronal identificado en 21 bebés necesita replicación en muestras más amplias antes de convertirse en herramienta diagnóstica. Pero el hallazgo reordena la conversación sobre el desarrollo cognitivo temprano. Si el andamiaje matemático existe antes de que el lenguaje o la cultura puedan construirlo, entonces las políticas de detección de dificultades de aprendizaje deberían mirar mucho antes de lo que hoy miran. El aula llega demasiado tarde si el problema estaba en la sala de partos.

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