Los terremotos registrados en los últimos meses en Venezuela, Colombia, Filipinas, Indonesia y otras partes del mundo no representan un aumento fuera de lo normal en la actividad sísmica global. Así lo afirmó el geomorfólogo y profesor José Molinelli Freytes en entrevista con El Nuevo Día. Sin embargo, el especialista fue enfático: Puerto Rico está «innegablemente expuesto» a un evento de gran magnitud.
La distinción importa. Que la actividad global se mantenga dentro de parámetros históricos no equivale a que el riesgo local sea menor. Molinelli Freytes explicó que, al examinar los últimos cien años, los promedios indican que debe esperarse un terremoto de magnitud 8 o superior una vez al año a nivel mundial, y unos 14 o 15 sismos de magnitud 7 o mayor en algún lugar del planeta. «Puede ser que haya un año que ocurran 20 y en otro que ocurran ocho», precisó, subrayando que la variación interanual no implica un cambio estructural en la dinámica tectónica.
El geomorfólogo también descartó cualquier vínculo entre el cambio climático y la actividad sísmica. «El cambio climático no tiene nada que ver con los procesos tectónicos, cómo se mueven las placas, porque la energía que mueve las placas es el calor en el interior de la Tierra», sostuvo. La aclaración no es menor en un entorno mediático donde fenómenos naturales dispares tienden a agruparse bajo una misma narrativa ambiental.
En lo que va de 2026, según la fuente, buena parte de los terremotos de magnitud 7 o mayor se han registrado en zonas asociadas al Anillo de Fuego del Pacífico, la franja en forma de herradura que bordea gran parte del océano Pacífico y se extiende desde América del Sur y Central hasta México, Estados Unidos, Alaska, Japón, Filipinas, Indonesia y Nueva Zelanda. Esa región concentra varios límites entre placas tectónicas y es una de las zonas con mayor actividad sísmica y volcánica del planeta.
Puerto Rico no forma parte del Anillo de Fuego, pero su posición en el Caribe la sitúa en una zona de interacción entre placas con historial sísmico documentado. El mensaje de Molinelli Freytes es preciso en su formulación: «No lo podemos predecir, pero es inevitable».
Conviene mirar los incentivos. La advertencia de un especialista no genera titulares sostenidos ni moviliza presupuestos con la misma urgencia que un desastre consumado. Puerto Rico, territorio con infraestructura ya tensionada por eventos previos y por décadas de presión fiscal, enfrenta aquí un problema clásico de bienes públicos: la preparación ante riesgos de baja frecuencia y alto impacto es costosa en el presente y sus beneficios son invisibles hasta que el evento ocurre. El dato importa más que el ruido: la ciencia no puede fijar una fecha, pero sí establece que la probabilidad acumulada es real. La pregunta relevante no es si ocurrirá, sino qué capacidad de respuesta existirá cuando ocurra.



