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Productos asiáticos reducen a la mitad las ventas de comerciantes del Centro Histórico de la Ciudad de México

Locatarios del Mercado Abelardo Rodríguez llevan casi una década perdiendo terreno frente a importaciones chinas que ofrecen kits escolares desde 100 pesos. La libre empresa local paga el precio de una competencia que el Estado mexicano no ha sabido encuadrar.
Foto: eluniversal.com.mx
Las Américasmartes 25 de agosto de 2026

A una semana del inicio del ciclo escolar, las familias mexicanas recorrieron los pasillos del Mercado Abelardo Rodríguez, en la alcaldía Cuauhtémoc, en busca de mochilas, loncheras y estuches escolares con precios que van de los 150 hasta los mil 500 pesos. Lo que encontraron los locatarios, sin embargo, no fue la temporada alta que esperaban.

«La temporada comenzó muy lenta, ahorita más o menos se levantó un poquito, aunque no como quisiéramos», dijo Jaime Gómez, locatario del negocio Petacas Gova, cuya familia trabaja desde 1950 en ese mercado. Gómez precisó que sus ventas se han reducido a más de la mitad y que una temporada que antes arrancaba en junio y cerraba con éxito a finales de agosto ahora apenas logra repuntar.

El diagnóstico de Gómez apunta a un cambio estructural que lleva casi diez años: distribuidores de origen asiático comenzaron a ofrecer artículos escolares a precios con los que el producto local no puede competir. La consecuencia fue inmediata para su propio negocio: la familia dejó de fabricar mochilas porque, según sus palabras, «es más barato comprar y vender una mochila» importada.

Carmen Romano, quien trabaja desde hace 40 años en el local La Hormiga del mismo mercado, describió el fenómeno con mayor crudeza. «Hay un cambio radical de hace 40 años a ahorita; antes vendíamos bolsa de dama, ya se murió ese comercio, los chinos nos acabaron», afirmó. Romano señaló que los comerciantes asiáticos ofrecen mochila, lonchera y estuche por 100 pesos, precio ante el cual los locatarios tradicionales no tienen margen de respuesta.

Ambos comerciantes coinciden, no obstante, en un argumento de calidad: los productos importados se desgastan con rapidez y varios clientes regresan buscando artículos más resistentes. Romano indicó que algunos compradores vuelven después de que los productos se rompen al poco tiempo. La experiencia de al menos dos consumidores entrevistados en el mercado apunta en esa dirección: Jenifer Maily, quien acudió con un presupuesto de 400 pesos para su primer año de preparatoria, terminó gastando 800 pesos al optar por una mochila de mayor durabilidad; Aldair López, por su parte, aseguró que cada año regresa al Abelardo Rodríguez precisamente porque encuentra productos más resistentes.

El dato importa más que el ruido. Lo que ocurre en los pasillos del Abelardo Rodríguez no es un episodio pintoresco de regreso a clases: es la expresión cotidiana de una tensión comercial global que México no ha resuelto. Durante casi una década, el aparato estatal mexicano careció de una política arancelaria o de estándares de calidad que nivelara la cancha entre el comercio local y las importaciones de bajo costo. El resultado es predecible: familias con décadas de oficio ven sus ventas reducidas a la mitad mientras el Estado se ocupa de otros asuntos.

Conviene mirar los incentivos. El precio de 100 pesos por un kit escolar importado es atractivo para una familia de ingresos bajos, pero el costo lo absorbe el comerciante local que no puede competir, la manufactura nacional que dejó de existir y, en última instancia, el tejido de pequeñas empresas familiares que sostienen empleo formal en el centro de la ciudad. Una política de libre empresa genuina no es sinónimo de apertura indiscriminada sin reglas; es, ante todo, un marco que protege la competencia leal y exige estándares mínimos de calidad. Ese marco, en este caso, brilla por su ausencia.

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