La delegación de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) concluyó el lunes 24 de agosto sus operaciones de rescate en Cali, ciudad golpeada el 10 de agosto por un terremoto de 7.4. El saldo oficial: 29 cuerpos recuperados de los escombros, 14 de ellos extraídos del edificio Vanessa, en el sur de la ciudad.
La misión llegó con 82 integrantes —rescatistas, ingenieros y tecnólogos— y operó durante más de diez días. El mayor Kaplan, portavoz de las FDI, resumió el resultado en la ceremonia de despedida: «Llegamos a Cali 82 personas... y nos vamos de Cali sin ningún cuerpo bajo los escombros».
El coronel Vach, comandante de la unidad de rescate, precisó el mandato que trajo al equipo a Colombia: «Vinimos con un mandato claro de nuestro país: salvar vidas y, donde ya no fuera posible, devolver la dignidad a las víctimas y un cierre a sus seres queridos».
Más allá de la recuperación de víctimas, el equipo de ingenieros evaluó técnicamente más de 270 edificaciones para determinar su estabilidad, con prioridad en infraestructura pública y social. El alcalde Eder valoró ese componente de manera explícita: «La precisión técnica y la empatía de esta misión civil y militar marcaron la diferencia... nos dieron la certeza técnica para saber qué escuelas podemos volver a abrir».
El secretario de Gestión del Riesgo distrital, Peñuela, destacó que la unidad USAR —Urban Search and Rescue— de Israel resultó «fundamental» tanto en la búsqueda de personas como en la inspección de estructuras.
Antes de partir hacia Tel Aviv, el componente médico de la misión entregó una donación de siete toneladas de insumos de emergencia y equipos de reanimación avanzada, que serán distribuidos en la red pública hospitalaria del departamento. Con la salida del equipo israelí, la gestión del desastre queda a cargo de los organismos de socorro nacionales, que iniciarán la fase de remoción de escombros y reconstrucción.
El dato importa más que el ruido. Lo que esta misión ilustra no es solo la capacidad técnica de las FDI en operaciones de búsqueda urbana —reconocida en múltiples desastres internacionales—, sino la brecha que Colombia enfrenta en materia de respuesta institucional propia ante catástrofes de esta magnitud. Que una ciudad como Cali haya dependido de ingenieros extranjeros para determinar qué escuelas son seguras revela una deuda estructural en gestión del riesgo que ningún gobierno ha resuelto.
Conviene mirar los incentivos. La reconstrucción de más de 3.700 colegios —cifra que el Congreso ya puso bajo escrutinio— representa una erogación pública de proporciones considerables. La experiencia israelí ofrece un estándar técnico de referencia; aprovecharla para elevar las capacidades nacionales, en lugar de repetir la dependencia en el próximo sismo, es la decisión que las autoridades colombianas deben tomar ahora, mientras la atención aún está puesta en Cali.



