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Más de 30.000 muertes adicionales por calor en Europa: Alemania, Francia y España concentran 25.000

La plataforma EuroMomo estima 32.000 decesos adicionales entre mediados de junio y mediados de agosto. Los datos nacionales de ocho países suman ya 33.000.
Foto: elcolombiano.com
Europasábado 22 de agosto de 2026

La plataforma europea de seguimiento de sobremortalidad EuroMomo estima que entre mediados de junio y mediados de agosto se produjeron más de 32.000 muertes adicionales en Europa, a falta de que concluya el verano. Un recuento de la AFP sobre balances provisionales de ocho países —Alemania, Francia, España, Bélgica, Inglaterra, Países Bajos, Austria y Portugal— eleva esa cifra a 33.000 decesos adicionales o directamente relacionados con el calor.

El modelo estadístico de EuroMomo integra informes oficiales de 23 países europeos, aunque excluye una parte de Europa del Este. La plataforma no desglosa los datos por país, pero varias autoridades sanitarias nacionales han publicado balances propios.

Alemania encabeza el recuento. Según la autoridad sanitaria alemana, unas 14.000 personas murieron a causa de episodios de calor hasta el 9 de agosto, un récord desde el inicio de este tipo de estimaciones en 2016. El Instituto Robert Koch señala que las personas de 75 años y más fueron las más afectadas. Con 82 millones de habitantes, Alemania es el país más poblado de la Unión Europea.

Francia acumula 7.300 decesos durante los periodos de altas temperaturas registrados entre finales de mayo y el 22 de julio, según Santé publique France. La cifra es provisional: una nueva ola de calor iniciada a finales de julio aún no está incorporada al balance.

España registró cerca de 4.500 muertes atribuibles al calor entre el 1 de junio y el 19 de agosto, la cifra más alta en ese periodo desde 2022, según el Instituto de Salud Carlos III de Madrid. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) confirmó que julio fue el mes más caluroso jamás registrado en el país, a la par con julio de 2022.

Bélgica presenta un balance proporcionalmente severo: el Instituto Nacional de Salud Pública Sciensano estima 2.570 fallecimientos adicionales entre el 18 de junio y el 17 de julio. Una actualización prevista para septiembre incorporará el episodio meteorológico entre el 25 de julio y el 16 de agosto.

En Inglaterra, la Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido (UKHSA) contabilizó 2.877 muertes asociadas a altas temperaturas en mayo y junio, cifra cercana al récord anual de 2022 (2.985). La propia UKHSA advirtió que el total anual de 2026 podría ser «sustancialmente más elevado» al incorporar los periodos de calor de julio.

Países Bajos registró un exceso de 968 fallecimientos entre el 22 de junio y el 5 de julio, según un análisis de la AFP sobre datos del Instituto Nacional de Salud Pública y Medio Ambiente (RIVM). Austria sumó 395 muertes relacionadas con el calor solo en junio, cifra nunca antes alcanzada en ese mes según datos disponibles desde 2017. Portugal acumuló más de 600 muertes adicionales entre mediados de junio y finales de julio, de acuerdo con la Dirección General de Salud.

Según EuroMomo, la última semana de junio fue la más mortífera del periodo analizado, con casi 16.000 muertes adicionales, seguida por la primera semana de julio con unos 8.000 decesos. Ambas semanas coinciden con una de las olas de calor excepcionales que afectaron al continente en un contexto de sequía generalizada e incendios.

El dato importa más que el ruido. Lo que estas cifras revelan no es solo una emergencia sanitaria puntual, sino la fragilidad de sistemas de salud pública que dependen de presupuestos crecientes y burocracias lentas para responder a fenómenos que se aceleran. La concentración de víctimas en mayores de 75 años apunta a un problema estructural: poblaciones envejecidas, con escasa autonomía, que dependen de redes de cuidado —familiares o estatales— que en varios países resultaron insuficientes.

Conviene mirar los incentivos. Los gobiernos europeos han multiplicado los planes de acción climática y el gasto asociado, pero los balances provisionales sugieren que la capacidad de respuesta inmediata —refugios, alertas tempranas, atención domiciliaria— sigue siendo el eslabón débil. La pregunta relevante no es cuánto se gasta en política climática a largo plazo, sino cuánto se invierte en proteger hoy a los ciudadanos más vulnerables.

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