El Gobierno español no tardó en responder. Tras las declaraciones del ministro marroquí de Asuntos Religiosos e Islámicos, Ahmed Tawfiq, que aludió a la «liberación de las ciudades ocupadas en el Océano Atlántico» durante una ceremonia en el Palacio Real de Rabat, la portavoz del Ejecutivo español, Elma Saiz, fue categórica: «Ceuta y Melilla son España; son nuestra frontera sur y también la de Europa; nada que añadir».
Las palabras de Ahmed Tawfiq se pronunciaron el 25 de agosto en el marco del aniversario del nacimiento del profeta Mahoma, una de las principales celebraciones del calendario islámico. La ceremonia fue presidida por el rey Mohamed VI, cuya presencia pública resultaba especialmente significativa: era la primera vez que el monarca aparecía ante sus ciudadanos tras la entrada masiva de 80.000 personas en Ceuta desde Marruecos, ocurrida de finales de julio, según datos del Gobierno español.
No era la primera voz oficial marroquí en elevar el tono. El 21 de agosto, el ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, había afirmado que Ceuta y Melilla constituyen un «derecho histórico y geográfico» de Marruecos y reclamó un mecanismo de diálogo con España para abordar su futuro y lograr su «retorno al seno de la patria».
La secuencia es difícil de leer como accidental. En el lapso de cuatro días, dos ministros del gabinete marroquí han utilizado foros de alto perfil —uno de ellos ante el propio rey— para reiterar una posición territorial que Madrid rechaza de plano. El episodio de finales de julio, con decenas de miles de personas cruzando la frontera, proporcionó el telón de fondo; las declaraciones de Rabat parecen aprovechar ese momento para fijar posición ante la opinión pública marroquí y, al mismo tiempo, tantear la respuesta europea.
Elma Saiz no abrió ninguna puerta a la negociación sobre soberanía. La fórmula elegida —«nada que añadir»— cierra el debate antes de que empiece, al menos desde Madrid. Sin embargo, la presión acumulada obliga a preguntarse si el Gobierno español dispone de una estrategia más allá de la reiteración verbal.
Conviene mirar los incentivos. Para Rabat, mantener viva la reclamación sobre Ceuta y Melilla tiene un coste diplomático manejable y un rédito interno considerable. Para Madrid, cada respuesta reactiva refuerza la percepción de que la iniciativa la lleva el otro lado del Estrecho. El dato importa más que el ruido: la frontera sur de Europa es también la frontera de la soberanía española, y su gestión no puede reducirse a comunicados de prensa.
La historia sugiere cautela. Las relaciones hispano-marroquíes han atravesado ciclos de tensión y distensión, pero la combinación de presión migratoria, retórica territorial y silencio inicial del rey Mohamed VI configura una coyuntura que exige algo más que firmeza declarativa. Las instituciones europeas, cuya frontera también está en juego según la propia Elma Saiz, brillan por su ausencia en este episodio.



