En su retiro en las afueras de París, el general José de San Martín no era, ni en los sueños de los más fanáticos, el Padre de la Patria. Ese rótulo llegaría demasiado tarde, según la fuente, «después de años de indiferencia e ingratitud», cuando sus huesos regresaron a la Argentina luego de treinta años de su muerte.
La trayectoria militar del personaje es conocida en sus trazos gruesos, pero la crónica recupera la textura humana. Nacido en Corrientes, formado en el ejército español, San Martín cruzó los Andes, liberó Chile y dio la independencia al Perú. Cuando intentó continuar la campaña, el gobierno de Buenos Aires —abstraído en sus disputas con los caudillos del interior— le cortó la ayuda. El encuentro con Simón Bolívar no resolvió el problema: según la fuente, «la ambición del venezolano era la de acaparar la gloria». San Martín hizo las valijas y partió para no volver.
El costo personal fue alto antes de la partida. En Mendoza, rodeado de intrigantes, perdió el tiempo precioso que le habría permitido despedirse de su esposa Remedios, quien moriría a los 25 años. Recogió a su hija y zarpó hacia Europa.
El intento de regreso en diciembre de 1828 terminó sin desembarco. En su escala en Río de Janeiro se enteró de que Juan Lavalle había derrocado al gobernador Manuel Dorrego; al llegar a Montevideo supo que Dorrego había sido fusilado. San Martín se negó a tomar partido. La prensa oficialista lo atacó: «Nos abandonáis, general», publicaron. Él respondió en carta a su amigo Bernardo O'Higgins que «el que se ahoga no repara en lo que se agarra».
Se instaló en Bruselas —«una de las capitales más económicas de entonces», apunta la fuente— y luego se mudó a París cuando la revolución de julio de 1830 estabilizó Francia bajo Luis Felipe I de Orleans. Alquiló y eventualmente compró una casa en el número 1 de la calle Neuve Saint Georges. Su benefactor fue Alejandro María Aguado, viejo camarada del ejército español y hombre de buena posición económica, a quien encomendaba también gestiones para cobrar sueldos atrasados de la época independentista.
En marzo de 1832, padre e hija contrajeron cólera durante la epidemia parisina. Los asistió Mariano Severo Balcarce, de 24 años, empleado de la legación argentina en París e hijo del general Antonio González Balcarce. El joven y Mercedes se casaron el 13 de diciembre de ese año; San Martín organizó la celebración en Chez Grignon, el restaurante de moda de la burguesía parisina.
Para estar cerca de Aguado adquirió —con ayuda del propio benefactor— una casa en Evry sur Seine, una comuna de unos 700 habitantes al sur de París. La llamó Grand Bourg: tres plantas, una hectárea de jardín. Allí cuidaba dalias, paseaba con sus nietas María Mercedes y María Josefa, limpiaba pistolas y hacía carpintería. Tomaba mate con Aguado por las tardes. Lo visitó, entre otros, Juan Bautista Alberdi en septiembre de 1843.
La salud nunca lo acompañó. En 1833 intentó una cura de baños en Aix-les-Bains; el resultado fue, según sus propias palabras recogidas en la fuente, «violentos ataques de nervios» y una debilidad que lo obligó a guardar cama más de un mes al regreso.
Conviene mirar los incentivos. La historia de San Martín es, entre otras cosas, la historia de un Estado que no honró sus compromisos —sueldos impagos, ayuda retirada en el momento decisivo— con quien más había arriesgado en su nombre. El exilio no fue capricho ni derrota: fue la consecuencia lógica de un aparato político incapaz de sostener a sus propios constructores. La gloria llegó cuando ya no importaba para el hombre, solo para el mito. El dato importa más que el ruido: las instituciones que no recompensan el mérito y no cumplen sus contratos terminan exportando a sus mejores servidores, vivos o muertos.



