Hay visitas que son declaraciones de principios. La que realizó este sábado el papa León XIV a Lampedusa, la pequeña isla italiana a 145 kilómetros de la costa de Túnez, difícilmente admite otra lectura.
El pontífice llegó a la comunidad pesquera de 6.000 habitantes el mismo día en que Estados Unidos celebraba 250 años de independencia. La coincidencia de fechas no fue accidental: el día anterior, en un discurso conmemorativo del aniversario, León XIV había pedido «moderación» en el discurso público estadounidense y recordó que las «sucesivas oleadas de inmigrantes» contribuyeron a construir el país.
El primer acto en la isla fue un momento de recogimiento en el cementerio donde descansan migrantes no identificados. Después, el papa se quedó solo frente al mar, con la sotana azotada por el viento, mirando las aguas que, según la Organización Internacional para las Migraciones, se han cobrado unas 1.330 vidas en lo que va de 2025. La imagen fue deliberada y eficaz.
En su homilía, León XIV instó a Europa a «acoger, proteger, promover e integrar» a los migrantes dentro de «un plan estratégico de larga duración». La exhortación llega dos semanas después de que la Unión Europea aprobara nuevas normas migratorias que prevén un mayor uso de la detención y la creación de centros de retención fuera de sus fronteras. El calendario no es un detalle menor.
Conviene mirar los incentivos. El papa, de origen estadounidense, lleva semanas construyendo una posición pública que lo enfrenta al gobierno del presidente Donald Trump en materia migratoria. Ya había calificado de «inhumano» el trato dispensado por Washington a los inmigrantes y había visitado el archipiélago español de Canarias el mes pasado para denunciar la trata de personas. Lampedusa es el segundo destino migratorio europeo en su agenda reciente.
Filippo Ungaro, portavoz del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, interpretó la visita como un mensaje «en una época en la que el debate político mundial sobre la migración se centra más en las fronteras y la disuasión que en la protección y la responsabilidad compartida». Monseñor Antonino Raspanti, presidente de la Conferencia Episcopal de Sicilia, la calificó de «importancia histórica, geopolítica y social considerable».
El dato importa más que el ruido. La ruta entre el norte de África y el Mediterráneo central es considerada por la OIM la más mortífera del mundo. Organizaciones humanitarias con embarcaciones en la zona acusan a la UE de no actuar para prevenir los naufragios. Son acusaciones de terceros que los gobiernos europeos disputan, pero que el viaje papal vuelve a poner sobre la mesa con una visibilidad que ningún comunicado de ONG iguala.
La Iglesia, bajo León XIV, parece haber decidido que la cuestión migratoria es un terreno donde no cederá espacio simbólico. Eso genera fricciones con gobiernos —el de Trump, pero también varios europeos— que han hecho de la restricción fronteriza un eje electoral. La historia sugiere cautela respecto a cuánto puede mover la aguja pastoral en políticas de Estado. Pero también sugiere que ignorar a un papa que se planta solo frente al mar el 4 de julio tiene un costo de imagen que los cancilleres calcularán.
Antes de partir, León XIV tomó de la mano a los niños de una familia migrante y se colocó junto a su madre embarazada en la «Puerta de Europa», el monumento dedicado a quienes arriesgan todo en busca de una vida mejor. Bendijo también una placa dedicada al papa Francisco, quien eligió Lampedusa para su primer viaje en 2013. La continuidad es explícita. El desafío institucional que representa, también.



