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Lassalle: identidad europea ante la presión migratoria y el racismo inconsciente

El exsecretario de Estado español advierte que Europa no ha construido una identidad cívica capaz de integrar la diversidad, y critica tanto la instrumentalización política de la tragedia de Ceuta como el comentario de Rajoy sobre la selección francesa.
Foto: lanacion.com.ar
Europasábado 15 de agosto de 2026

El episodio de Ceuta dejó más de 100 muertos en menos de 48 horas. Miles de migrantes marroquíes intentaron cruzar la frontera española tras una campaña de desinformación que les hizo creer, según José María Lassalle, que España otorgaba visados y libre circulación por Europa. «Estos jóvenes fueron manipulados y llevados en manada a la frontera», afirmó el académico en conversación con La Nación.

Lassalle, doctor en derecho y profesor de filosofía del derecho, fue secretario de Estado de Cultura durante el gobierno de Mariano Rajoy. Hoy desafiliado del Partido Popular, dirige el Foro de Humanismo Tecnológico de Esade y se define como liberal clásico, distante por igual de la izquierda woke y de las derechas populistas.

Su diagnóstico sobre Ceuta es severo en dos frentes. Primero, señala un «fallo de seguridad inmenso» tanto de Marruecos —cuya gendarmería no habría advertido la concentración de 70.000 personas— como de España. Segundo, califica de vergonzosa la utilización política de la tragedia por parte de ciertos líderes europeos, entre ellos, según sus palabras, la premier italiana Giorgia Meloni.

El debate se extendió cuando el expresidente Rajoy escribió, durante el Mundial, que la selección francesa tenía «un altísimo nivel, eso sí, sin franceses», en alusión a la ascendencia africana de gran parte de sus jugadores. La frase generó conmoción en España y llegó a los principales diarios del mundo. Lassalle fue directo: «Lo que Rajoy escribió en el artículo es injusto, porque contiene una reflexión racista». Sin embargo, matizó que conoce bien al expresidente y que sería injusto calificarlo como racista; atribuyó el episodio a una «fineza irónica que esta vez no le ha funcionado» y a la dinámica de polarización que convierte cualquier declaración en detonador político.

El punto de fondo, para Lassalle, va más allá del incidente. En España, sostiene, no hay guardias civiles ni policías nacionales de origen africano, tampoco diplomáticos, jueces, fiscales ni apenas profesores universitarios con esa procedencia. Y agrega que la misma realidad se repite en el resto de Europa. El fútbol, dice, no puede ser «el único ascensor social posible» para las comunidades de origen migrante; que lo sea revela un sistema educativo y profesional que no ha logrado construir una «conceptualización igualitaria de la identidad nacional».

Su propuesta es una identidad cívica y personalista, desvinculada de lengua, religión o etnia: «Los modelos de identidad del siglo XIX no son operativos en el siglo XXI». El siglo que resta, argumenta, será de complejidad y pluralismo, y Europa deberá aprender a gestionarlos no por cálculo utilitario sino porque es «consustancial a la realidad que vamos a estar viviendo».

Conviene mirar los incentivos. El debate que abre Lassalle es legítimo, pero la experiencia de los países que han apostado por modelos de integración cívica —frente a los de multiculturalismo corporativo— sugiere que el éxito depende menos de la retórica identitaria y más de instituciones que apliquen las mismas reglas a todos: mercado laboral sin discriminación positiva que distorsione méritos, fronteras con control efectivo que disuadan el tráfico de personas, y sistemas educativos que transmitan valores comunes sin borrar la historia propia. Europa puede ser plural sin ser ingobernable. El dato importa más que el ruido: 100 muertos en Ceuta no son un argumento para abrir fronteras sin orden ni para cerrarlas sin criterio; son el costo humano de la ausencia de una política migratoria coherente que ningún discurso, ni el de Rajoy ni el de sus críticos, ha resuelto todavía.

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