El verano más caluroso del que se tiene registro en el Reino Unido ha devuelto a la actualidad un episodio singular de la historia administrativa británica: en 1976, la sequía tuvo su propio ministerio.
El 24 de agosto de aquel año, Denis Howell —político laborista que había sido árbitro profesional de fútbol antes de entrar en política— fue nombrado ministro de Sequía por el primer ministro James Callaghan. Es, según las fuentes disponibles, el único cargo de ese tipo del que se tiene noticia.
El contexto era severo. El Reino Unido atravesaba la peor racha seca en 250 años, con precipitaciones propias de un clima semiárido y una ola de calor excepcional. Callaghan localizó a Howell durante sus vacaciones familiares en Goodrington Sands para comunicarle que en algunas partes del país el suministro de agua alcanzaba apenas para 35 días.
Howell, que entonces encabezaba el Departamento de Medioambiente, asumió el encargo y estableció un orden de prioridades claro: primero las personas —especialmente los bebés—, luego el ganado y los usos agrícolas. Creó centros regionales de emergencia, diseñó un programa de traslado de agua entre zonas y promovió el ahorro doméstico con medidas que le valieron bromas públicas, entre ellas su recomendación de que las parejas se ducharan juntas.
Una de las decisiones más inusuales fue invertir el flujo del río Ouse, represándolo para que corriera en sentido contrario. Según sus propias memorias, tituladas Made in Birmingham, «esto demostró ser un éxito».
La situación llegó a un punto crítico. En el West Country quedaba agua para 25 días. En Yorkshire, Howell presidió la apertura ceremonial de una toma de agua pública en una urbanización —el único suministro disponible para los residentes del área— cuando, en sus propias palabras, «en el momento en que abrí la llave de paso, empezó a llover».
Llovió sin parar durante días. La tierra, endurecida por la sequía, no pudo absorber el agua y llegaron las inundaciones. Howell fue rebautizado como «el ministro de las inundaciones» y volvió a ser objeto de burlas. Las medidas de emergencia más drásticas —incluido un sistema de tuberías de doble línea instalado en el carril rápido de la autopista M5— nunca llegaron a ponerse en funcionamiento.
De aquel episodio, Howell extrajo una conclusión que sigue siendo relevante: «Me convencí de que el país necesitaba una red nacional similar a la que funciona para el gas y la electricidad. No hay escasez de agua en absoluto en Gran Bretaña; el problema es transportarla desde las zonas de abundancia hacia las zonas de escasez».
Howell murió en 1998 a los 74 años. La sequía actual, con restricciones que afectan a 27 millones de personas, reactualiza su diagnóstico.
Conviene mirar los incentivos. La lección de 1976 no apunta hacia más burocracia ministerial, sino hacia infraestructura: redes de distribución que permitan mover recursos donde se necesitan sin depender de la improvisación de emergencia. Medio siglo después, el debate sobre inversión privada en infraestructura hídrica sigue sin resolverse en el Reino Unido. El aparato estatal puede nombrar ministros; lo que no puede es sustituir la planificación de largo plazo ni la inversión que solo el mercado y la certeza jurídica pueden sostener. El dato importa más que el ruido: el problema no es la lluvia, sino las tuberías.



