Yuval Noah Harari, profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén e investigador distinguido del Centro para el Estudio del Riesgo Existencial de la Universidad de Cambridge, tomó el micrófono en el Foro Económico Mundial de Davos para lanzar una advertencia de doble filo: la inteligencia artificial está a punto de provocar dos crisis simultáneas en todos los países del mundo.
La primera es una crisis de identidad. Harari argumentó que los seres humanos han construido su autoestima sobre la capacidad de pensar, y que la IA amenaza con superar esa capacidad en un horizonte próximo. El golpe no sería solo económico, sino existencial: ¿qué somos si ya no somos los mejores pensadores del planeta?
La segunda crisis es migratoria, aunque de un tipo sin precedentes. Harari comparó a las IA con inmigrantes que llegan a un país cargando habilidades valiosas —medicina, enseñanza, entre otras— pero también disrupciones culturales, laborales y políticas. «Aquellos que se preocupan por los inmigrantes humanos suelen argumentar que pueden quitarles empleos, cambiar la cultura local o ser políticamente desleales», dijo según la fuente. «No estoy seguro de que eso sea cierto para todos los inmigrantes humanos, pero definitivamente será cierto para los inmigrantes de IA».
El argumento de Harari no es aislado. El CEO de Nvidia, Jensen Huang, utilizó el mismo término —«inmigrantes de IA»— a principios de enero para referirse a los robots, señalando que ayudarán a los humanos con trabajos que ya no queremos realizar, como los empleos manufactureros, según reportó AFP.
El punto más concreto de la intervención de Harari en Davos fue una pregunta directa al auditorio: ¿quieren permitir que las IA sean reconocidas como «personas jurídicas» con derechos en sus países, con capacidad para abrir empresas, fundar y predicar sus propias religiones, o entablar amistad con sus hijos en redes sociales? «Si quieren influir en el rumbo de la humanidad, necesitan tomar una decisión ahora», afirmó.
Harari es conocido por «Sapiens: Una breve historia de la humanidad» y por «Homo Deus: Una breve historia del mañana», publicado en 2015, donde ya abordó la amenaza existencial que la IA representa para la humanidad.
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Conviene mirar los incentivos. El debate sobre la personalidad jurídica de la IA no es una curiosidad académica: es la próxima gran batalla regulatoria. Quien defina ese estatus —si un parlamento, un tribunal o un organismo supranacional— determinará quién paga impuestos, quién puede ser demandado y, en última instancia, quién controla los activos generados por sistemas autónomos.
El dato importa más que el ruido. Gobiernos que ya enfrentan presión fiscal, mercados laborales tensos y desconfianza institucional difícilmente están en posición de absorber una segunda ola de «inmigración» sin un marco legal claro. La historia sugiere cautela: las revoluciones tecnológicas que llegan sin reglas de propiedad y responsabilidad bien definidas no suelen beneficiar a los ciudadanos comunes; suelen beneficiar a quienes controlan la infraestructura. Esa es la conversación que Davos debería estar teniendo con más urgencia.



