El 4 de julio de 2026, mientras Estados Unidos celebra su 250 aniversario, Nikki Haley —exgobernadora de Carolina del Sur, exembajadora ante las Naciones Unidas y candidata presidencial republicana en 2024— publicó un ensayo personal en el que regresa al discurso que Calvin Coolidge pronunció en el 150 aniversario de la nación. Su argumento es sencillo y deliberado: los principios que Coolidge articuló entonces son los mismos que sus padres, inmigrantes de la India, trajeron consigo cuando eligieron Estados Unidos como hogar.
Haley recuerda que su madre murió el 4 de julio de 2025, exactamente un año antes de esta celebración, y que su padre falleció un año antes que ella. «Nadie lo habría celebrado con más fuerza», escribe. La pérdida reciente convierte el texto en algo más que un ejercicio retórico: es un testimonio generacional.
La historia familiar que narra es precisa en sus detalles. Sus padres crecieron en la India en familias de cierto privilegio —su madre obtuvo un título en derecho, su padre fue académico—, pero carecían de libertad real. A su madre le estaba vedado convertirse en juez: «ese nivel era demasiado alto para las mujeres en la India en aquella época», escribe Haley. En 1964, tres años después de casarse, la pareja emigró a Canadá, donde el padre recibió una beca doctoral en la Universidad de Columbia Británica. Cinco años más tarde se trasladaron a Estados Unidos.
Se instalaron en la zona rural de Carolina del Sur. La madre ejerció como maestra de estudios sociales; el padre, como profesor universitario. Pero como única familia india del pueblo, enfrentaron discriminación concreta: nadie quería arrendarles una vivienda, y cuando lograron comprar una, el contrato incluía condiciones que hoy resultarían ilegales —prohibición de tener alcohol, de recibir visitas de personas negras y una cláusula de recompra a favor del vendedor anterior.
Haley no presenta estos hechos como acusación al país, sino como contraste: a pesar de esos obstáculos, sus padres eligieron quedarse y prosperar. Esa tensión —entre la imperfección histórica y la promesa real— es el núcleo del ensayo. Coolidge, según ella, le da voz a esa promesa con una claridad que los debates actuales tienden a enterrar bajo capas de resentimiento o de autocomplacencia.
Actualmente Haley ocupa la cátedra Walter P. Stern en el Hudson Institute.
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Conviene mirar los incentivos que produce un relato nacional. El ensayo de Haley no niega la discriminación que su familia sufrió —la documenta con nombres y cláusulas contractuales— sino que la coloca en un marco distinto al que domina el debate progresista: el de la agencia individual y la movilidad real. Sus padres no encontraron un sistema perfecto; encontraron uno lo suficientemente abierto como para que el esfuerzo tuviera sentido.
En el año en que Estados Unidos cumple 250 años, ese argumento importa más que el ruido de las guerras culturales. La pregunta relevante no es si el país tuvo fallas —las tuvo, y Haley las nombra— sino si sus instituciones y su cultura siguen siendo capaces de convertir a un inmigrante sin red de contactos en un ciudadano con oportunidades reales. La historia de los Haley sugiere que sí. La historia sugiere cautela ante quienes, desde la comodidad del presente, concluyen lo contrario.


