La ciudad escocesa de Greenock, en la región de Inverclyde, lleva décadas perdiendo habitantes y ahora apuesta por la inmigración como palanca demográfica. El ayuntamiento ha diseñado una estrategia formal para atraer inmigrantes legales y personas con estatus de refugiado, con la esperanza de revertir una caída que no tiene parangón en Escocia.
Los números son elocuentes. Inverclyde cuenta hoy con 22.000 residentes menos que en 1981, y su población actual de 78.000 habitantes podría reducirse un 16% adicional en las próximas dos décadas, según las proyecciones citadas por las fuentes. Para apenas mantener estable esa cifra, el ayuntamiento necesita cientos de nuevos llegados cada año. Desde 2023, el flujo de personas procedentes del extranjero se ha triplicado, hasta alcanzar las 750 anuales.
El cambio es visible en la calle principal. En mayo abrió Anik African Store, una tienda nigeriana que vende ñame, plátano macho, okra y bagre. Según los propios vecinos, hace cinco años era raro ver a una persona negra en Greenock; hoy cientos de africanos y refugiados se han instalado en la zona, atraídos principalmente por la vivienda asequible. Muchos llegaron con visados de trabajo cualificado y refuerzan la plantilla del sector sanitario, trabajando o estudiando en Glasgow o Paisley.
Pero el diagnóstico de fondo no ha cambiado: la falta de empleo es la raíz del problema. IBM empleaba a más de 5.000 personas en su campus cercano antes de cerrar definitivamente en 2016. En los últimos cuatro años se han perdido otros 1.500 puestos de trabajo, tras la marcha de Amazon, EE y otras empresas. Esta misma semana, el astillero local anunció el recorte de aproximadamente una cuarta parte de su plantilla. Los aficionados del Greenock Morton, el club de fútbol local, han creado un fondo de ayuda para evitar su quiebra.
Los propios residentes expresan escepticismo ante la estrategia municipal. «La gente de Greenock no consigue trabajo, ni hablar de traer a otras personas», resume Pamela, una jubilada. El pastor Jonathan Fleming, que lleva cinco años en la Iglesia de Escocia local, describe la situación de los refugiados iraníes a los que apoya: «Quieren contribuir a la comunidad. Quieren ser independientes y no depender de la ayuda financiera, pero no pueden hacerlo; de hecho, en cierto modo, están atrapados en ella».
El primer ministro de Escocia, John Swinney, tiene previsto visitar la ciudad este mes para conocer de primera mano sus problemas.
Conviene mirar los incentivos. La estrategia de Inverclyde parte de un diagnóstico correcto —la despoblación es real y sus consecuencias fiscales y sociales, graves— pero invierte el orden lógico: sin actividad económica que genere empleo privado, atraer población solo traslada la carga hacia el gasto público y los servicios asistenciales. El caso de Greenock ilustra un patrón recurrente en regiones desindustrializadas de Europa occidental: cuando el aparato productivo se retira, ninguna política de repoblación sostenida por el ayuntamiento puede sustituirlo. Lo que la ciudad necesita no es un plan de atracción de personas, sino condiciones que hagan rentable instalar empresas: fiscalidad predecible, suelo disponible, infraestructura y certeza jurídica. Sin esos incentivos, los recién llegados seguirán mirando hacia Glasgow, y los nacidos en Greenock seguirán marchándose.



