El eurodiputado Raphaël Glucksmann, de 46 años, anunció este domingo en el telediario de TF1 su intención de competir en las elecciones presidenciales francesas previstas para abril y mayo de 2027. Su candidatura, esperada desde hace meses, se canalizará a través de las primarias que eventualmente organice el Partido Socialista (PS), al que está asociado su micropartido Place Publique.
«Quiero conducir esta batalla con mis amigos socialistas. Estoy convencido de que vamos a ganar, pero para ello tenemos que refundar la izquierda», declaró Glucksmann en la emisión dominical. La frase resume tanto la ambición como el problema: la izquierda francesa llega fragmentada a una cita electoral que aún está a veinte meses de distancia.
Glucksmann es la segunda figura de peso del arco progresista en formalizar su candidatura. La primera fue Jean-Luc Mélenchon, quien lidera los sondeos entre los aspirantes de izquierda con entre el 15 % y el 16 % de intención de voto en primera vuelta. El eurodiputado socialdemócrata se sitúa, según las mismas encuestas, entre el 10 % y el 11 %, por debajo del umbral que alcanzó en las europeas de 2024, cuando obtuvo casi un 14 % de los votos.
La distancia entre ambos no es solo aritmética. Glucksmann descartó explícitamente cualquier acuerdo con Mélenchon, aunque tendió la mano a Los Ecologistas y los comunistas. Proeuropeo y declaradamente pro-Ucrania, encarna una izquierda moderada en las antípodas del euroescepticismo de Mélenchon, a quien sus detractores acusan de manifestaciones antisemitas y de posiciones favorables a Rusia y China. Glucksmann, hijo del filósofo André Glucksmann, se ha destacado en el Parlamento Europeo por sus denuncias sobre el genocidio uigur y la injerencia extranjera en las democracias occidentales.
Licenciado en Sciences Po París, el europarlamentario desde 2019 inició su carrera vinculado a movimientos democráticos en antiguas repúblicas soviéticas; entre 2009 y 2012 asesoró al expresidente georgiano Saakashvili. Ese perfil atlantista y liberal en política exterior lo diferencia con nitidez de la corriente melenchonista.
El anuncio tiene también una derivada mediática: la periodista Léa Salamé, presentadora del telediario del canal público France 2 y pareja de Glucksmann, prometió dejar su puesto si la candidatura prospera. La promesa ilustra las tensiones entre independencia informativa e implicación política que la carrera presidencial ya empieza a generar.
Conviene mirar los incentivos. La fractura entre Glucksmann y Mélenchon no es un accidente táctico: refleja dos concepciones irreconciliables sobre Europa, el Estado y las alianzas internacionales. Mientras la izquierda dirime ese conflicto interno, Marine Le Pen consolida su posición en las encuestas. Para los votantes franceses que valoran el orden institucional, la integración europea y la economía de mercado, la multiplicación de candidatos progresistas puede parecer una oportunidad; para quienes temen la inestabilidad, es una señal de que Francia afronta 2027 sin un centro de gravedad claro. El dato importa más que el ruido: ningún candidato de izquierda supera hoy el umbral que históricamente garantiza presencia en segunda vuelta, y el calendario para construir esa masa crítica se acorta con cada anuncio que divide en lugar de sumar.



