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Fauna digital, riesgo real: las imágenes de animales generadas por IA distorsionan la percepción y amenazan la conservación

Expertos en zoología y conservación advierten que el contenido falso hiperrealista altera comportamientos humanos frente a la fauna salvaje y contamina la investigación científica.
Foto: elnacional.com
Ciencia y tecnologíalunes 17 de agosto de 2026

Un elefante que escala paredes, un delfín de color rosa o un leopardo que se deja acariciar. Las imágenes de animales generadas por inteligencia artificial circulan masivamente en Facebook, TikTok y X, y su impacto va más allá de la anécdota entrañable: los especialistas las califican de amenaza concreta para la fauna y para las personas.

Los periodistas de verificación digital de la AFP analizaron decenas de estas imágenes, entre ellas una en blanco y negro que mostraba a un orangután meciendo cachorros de leopardo en peligro de extinción, supuestamente en la selva del estado malasio de Sabah. El objetivo, en la mayoría de los casos, parece ser provocar una sonrisa antes que desinformar de forma deliberada. El problema es que el efecto resulta igualmente dañino.

«Esta falta de comprensión puede llevar a que la gente se acerque demasiado a los animales o interactúe con ellos de forma peligrosa», afirmó a la AFP José Guerrero Casado, profesor de zoología en la Universidad de Córdoba, en España. El académico citó el ataque a una mujer que intentó fotografiarse junto a un leopardo de las nieves en la región china de Xinjiang, un incidente que obligó al departamento chino de bosques a reforzar patrullas y emitir alertas públicas sobre distancias de seguridad.

Las consecuencias no se limitan a la seguridad inmediata. Según Chris Lewis, investigador de la organización Born Free, las representaciones de animales salvajes como adorables o afectuosos alimentan la demanda de especies para el turismo fotográfico, la producción de contenido para redes sociales y el mercado de animales de compañía exóticos. Jenny Roberts, del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), añade que los contenidos falsos desensibilizan al público frente a imágenes reales: cuando su organización publicó la grabación de una tigresa con cinco crías en China —algo inédito en el país—, la respuesta en redes fue preguntar si el video había sido generado por IA.

El daño alcanza también a la ciencia. Los investigadores suelen incorporar imágenes aportadas por particulares y previamente verificadas. La proliferación de creaciones artificiales hiperrealistas podría introducir errores en los registros de especies, distorsionar los datos sobre distribución geográfica y comprometer la calidad de los estudios. Varios expertos lo advirtieron recientemente en la revista Nature; un estudio coescrito por Guerrero Casado en Conservation Biology calificó esta proliferación de «grave amenaza para la sociedad».

Meta y TikTok, que remuneran a la AFP en el marco de una colaboración para verificar publicaciones potencialmente engañosas, exigen a sus usuarios identificar el contenido generado por IA cuando es realista, y aseguran contar con herramientas de etiquetado automático. Sin embargo, los periodistas de la AFP detectaron numerosas publicaciones basadas en IA sin identificar, incluso cuando sus propios autores lo especificaban por escrito en el pie de foto. La brecha entre la política declarada y la aplicación efectiva es, por ahora, amplia.

Los expertos abogan por un proceso de autenticación más riguroso en las plataformas y por campañas de educación dirigidas a sus usuarios. «La conservación depende de una sociedad bien informada que comprenda las necesidades ecológicas de las especies salvajes», resumió Guerrero Casado. «Los contenidos falsos generados por IA no sirven a ese objetivo».

Conviene mirar los incentivos. Las plataformas monetizan el engagement que generan precisamente estas imágenes emotivas; el costo —errores científicos, comportamientos peligrosos, tráfico de especies— lo asume la sociedad y los ecosistemas. Mientras la moderación automatizada falle y no existan estándares de autenticación vinculantes, la responsabilidad recaerá sobre la alfabetización digital del usuario individual: un mecanismo insuficiente frente a algoritmos diseñados para maximizar la viralidad. El dato importa más que el ruido: la tecnología no es el problema en sí, sino la ausencia de reglas claras que alineen los incentivos de las plataformas con el interés público.

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