Un F-18 Hornet de las Fuerzas Aéreas Españolas derribó este domingo un dron que había violado el espacio aéreo rumano, según informó el Ministerio de Defensa de Rumanía. El aparato entró en territorio rumano procedente de Ucrania, cruzando Moldavia, y fue interceptado sobre una zona despoblada entre las localidades de Baleni y Cudalbi, en el distrito de Galati, en el sureste del país.
El consejero de Seguridad Nacional de la Presidencia rumana, Marius Lazurca, publicó un mensaje de agradecimiento a España en la red X. «¡Gracias, España! Tan solo un día después de participar en las celebraciones y ejercicios del Día de la Armada Rumana, un F-18 Hornet de la Fuerza Aérea Española derribó un dron que había entrado en el espacio aéreo rumano», escribió Marius Lazurca.
El derribo fue ejecutado por uno de los dos cazas F-18 españoles que en ese momento se encontraban en el aire «en misión de vigilancia». España mantiene en Rumanía un contingente de 200 militares, con cazas F-18 y helicópteros, desplegado desde principios de agosto y hasta diciembre, en el marco de la OTAN. Marius Lazurca agradeció a Madrid su contribución a la protección del espacio aéreo rumano mediante ese despliegue.
La prensa rumana recogió testimonios de varios pastores que observaron el derribo. El dron cayó en un campo de girasoles, donde proseguía la búsqueda de los restos mediante helicópteros que sobrevolaban la zona.
El incidente no es aislado. Desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, más de treinta drones —en su mayoría rusos— han violado el espacio aéreo rumano. El de este domingo es el cuarto aparato derribado en territorio rumano desde finales de julio, lo que marca una aceleración significativa en la frecuencia de las violaciones.
El dato importa más que el ruido. Lo que este episodio ilustra no es solo la eficacia operativa de un contingente aliado, sino la lógica de disuasión que sostiene la presencia de la OTAN en el flanco este de Europa. Rumanía, miembro de la Alianza, no enfrenta estas incursiones con sus propios medios: los enfrenta porque otros miembros han desplegado capacidades reales, con reglas de empeñamiento que permiten actuar. Ese es el valor concreto —medible, no retórico— de la arquitectura de seguridad colectiva.
Conviene mirar los incentivos. Cada dron que cruza sin consecuencias una frontera aliada es una señal de que el coste de la provocación es bajo. Cada dron derribado invierte esa ecuación. La respuesta española, encuadrada en un despliegue de la OTAN, envía un mensaje que ningún comunicado diplomático puede reemplazar: el espacio aéreo de un aliado tiene precio. La historia sugiere cautela ante quienes interpretan la moderación como debilidad.



