La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) aplicó este domingo su examen de control presencial en Tijuana, y el resultado inmediato fue una silla vacía por cada dos asignadas. De los 518 estudiantes registrados en esa sede, menos de la mitad se presentó a rendir la evaluación. Al primer turno —con 217 espacios asignados— llegaron únicamente 69 jóvenes. Al segundo turno la concurrencia fue algo mayor, pero el estimado final se mantuvo por debajo del 50% de asistencia, según informó el coordinador de la sede, Alexis Sampedro Pinto.
La prueba consta de 120 preguntas y se aplicó en dos turnos: uno a las 10:00 horas y otro a las 15:00 horas. Entre las medidas de seguridad adoptadas figuraron el uso de tabletas digitales sin acceso a internet, distintas versiones del examen y vigilancia presencial durante toda la aplicación. El objetivo declarado, en palabras del propio coordinador, es «garantizar que los resultados obtenidos son consecuencia del esfuerzo, del estudio y la dedicación sin ventajas que rompan con la equidad para el acceso a la educación superior».
Sampedro Pinto subrayó que la prueba no constituye un nuevo examen, sino un instrumento de control dentro del mismo proceso de admisión a la licenciatura. La aclaración no es menor: la UNAM ha enfrentado cuestionamientos sobre la integridad de sus evaluaciones en línea, y este mecanismo presencial busca precisamente cerrar esa brecha. Algunos de los jóvenes que sí acudieron viajaron más de 2.000 kilómetros para llegar a la sede fronteriza, lo que subraya el contraste entre el compromiso de unos pocos y la ausencia masiva de los demás.
La sede se ubica en las instalaciones del Instituto de Investigaciones Jurídicas UNAM sede Tijuana ENID, un punto que, por su ubicación geográfica, concentra aspirantes de una franja territorial extensa.
Conviene mirar los incentivos. Una asistencia inferior al 50% en un examen diseñado para verificar la legitimidad de resultados previos plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos de los ausentes obtuvieron su puntaje original con «ventajas que rompen la equidad», en términos del propio coordinador, y prefirieron no exponerse a la verificación presencial? La UNAM no ha respondido públicamente esa pregunta, y los datos disponibles no permiten afirmarlo con certeza. Pero la proporción de inasistencia es, por sí sola, un dato que el aparato institucional de la universidad tendrá que explicar.
El dato importa más que el ruido. México destina recursos públicos considerables a sostener la UNAM como puerta de acceso a la educación superior. Que el mecanismo de control diseñado para garantizar la meritocracia en ese acceso registre una participación tan baja no es un problema logístico menor: es una señal sobre la credibilidad del proceso de admisión en su conjunto. La libre empresa y la movilidad social que promete la educación universitaria dependen, en última instancia, de que los títulos y los accesos reflejen capacidad real, no ventajas opacas. Sin esa garantía, el valor del diploma se erosiona para todos, incluidos quienes sí estudiaron.



