El Gobierno español respondió este viernes con firmeza a Marruecos después de que el ministro marroquí de Justicia, Ouahbi, reafirmara que Ceuta y Melilla constituyen un «derecho histórico y geográfico» de su país y llamara a crear una «comisión de diálogo» con Madrid para abordar su futuro.
En una entrevista con el canal público marroquí 2M, Ouahbi sostuvo que el asunto «debe mantenerse presente, porque es un tema sobre el que no se puede guardar silencio». Fue el detonante de una respuesta diplomática inmediata.
Fuentes del Ministerio de Asuntos Exteriores, que dirige Albares, emitieron una comunicación sin ambigüedades: «Ceuta y Melilla son dos ciudades españolas frontera de España y de la Unión Europea. Forman parte de la integridad territorial y de la soberanía de España reconocida internacionalmente y son igualmente parte integrante del territorio de la UE».
La nota añadió: «Rechazamos y rechazaremos tajantemente cualquier planteamiento distinto respecto a Ceuta y Melilla», y confirmó que «esta posición se ha trasladado claramente hoy por los canales diplomáticos».
El episodio no es inédito. Rabat ha mantenido históricamente una posición de reivindicación sobre ambas ciudades autónomas, aunque la intensidad del discurso varía según el ciclo político interno marroquí y el estado de la relación bilateral. La novedad en esta ocasión es que la demanda provino del titular de Justicia —no de Exteriores— y que incluyó la propuesta concreta de un mecanismo institucional de diálogo, lo que eleva el tono respecto a declaraciones anteriores de carácter más genérico.
Lo que está en juego
Conviene mirar los incentivos. Para Marruecos, mantener viva la cuestión de Ceuta y Melilla tiene utilidad política interna y sirve como palanca de presión en negociaciones más amplias con Madrid y Bruselas, desde la gestión migratoria hasta los acuerdos comerciales y pesqueros. Para España, cualquier apertura a una «comisión de diálogo» sobre soberanía equivaldría a reconocer que existe un contencioso donde, en términos de derecho internacional, no lo hay: ambas ciudades forman parte del territorio de la Unión Europea.
El dato importa más que el ruido. La respuesta española fue rápida y unívoca, lo que sugiere que Madrid no está dispuesto a ceder terreno simbólico, al menos en este momento. Pero la firmeza verbal no resuelve la presión estructural: Marruecos sabe que España necesita su cooperación en materia migratoria, y esa asimetría de dependencia es el verdadero campo de juego. La soberanía se defiende también con instituciones sólidas, fronteras operativas y alianzas europeas que no cedan ante la presión bilateral. En eso, el margen de Bruselas es tan relevante como el de Madrid.



