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El verano que un británico aprendió a amar América

Un editor londinense recuerda cómo un programa de intercambio cultural en un campamento de Nueva York desmontó todos sus prejuicios sobre Estados Unidos. El relato llega cuando el país celebra 250 años.
Foto: thefp.com
Líderessábado 4 de julio de 2026

Hay una paradoja conocida en la relación entre Europa y América: cuanto más se consume su cultura, más se cree entenderla, y menos se la comprende de verdad. Josh Kaplan, editor digital en Londres, lo vivió en carne propia en el verano de 2014.

Kaplan se inscribió en Camp America, un programa que durante más de 50 años ha ofrecido a jóvenes británicos la posibilidad de trabajar como monitores en campamentos de verano estadounidenses. El incentivo era modesto en lo económico —unos cientos de libras cubrían la gestión de visados y un salario básico— pero el resultado, según él mismo escribe, fue transformador.

El destino fue Berkshire Hills Eisenberg Camp, un pequeño campamento judío en el condado de Columbia, Nueva York. Lago, tirolinas, un sitio web de aspecto anticuado y el pueblo más cercano sostenido apenas por una delicatessen, una gasolinera y un restaurante de carretera. Kaplan describe su llegada a principios de junio con una imagen precisa: la sensación de haber pisado un plató de cine.

Conviene mirar los incentivos de ese primer encuentro. Kaplan había vivido antes en California, conocía América de visita, y llegaba cargado con el equipaje habitual del europeo formado en cultura anglosajona: la certeza de que los estadounidenses son ruidosos, ajenos al mundo exterior, aficionados a las armas y a los refrescos grandes. Un retrato hecho de clichés que la experiencia directa se encargaría de cuestionar.

El relato aparece publicado en The Free Press bajo la etiqueta «America at 250», una serie de textos que coincide con el 250 aniversario de la independencia estadounidense. El contexto no es menor. En un momento en que el debate transatlántico oscila entre el desdén europeo hacia la América de Donald Trump y la fascinación renovada que genera el país entre visitantes del Mundial de fútbol —Kaplan menciona a europeos asombrados ante una gasolinera Buc-ee's con cien surtidores—, la crónica personal funciona como contrapunto a la narrativa dominante.

La madre del autor trabajó en un campamento en Poughkeepsie, Nueva York, durante los años ochenta, y le dijo que había sido lo mejor que había hecho en su vida. Él no le creyó. Fue de todas formas. El dato importa más que el ruido: la transmisión intergeneracional de esa experiencia concreta dice algo sobre la capacidad de atracción sostenida que ejerce Estados Unidos sobre generaciones sucesivas de europeos, más allá de los ciclos políticos y las tensiones diplomáticas.

Esa atracción no depende de los comunicados de Washington ni de las portadas de los periódicos. Depende de encuentros a escala humana —un campamento, un pueblo de un semáforo, una comunidad que recibe a un extraño— que resultan difíciles de procesar desde la distancia y casi imposibles de fabricar por decreto.

La historia sugiere cautela ante las generalizaciones sobre el declive del poder blando estadounidense. Los imperios culturales no se miden solo en exportaciones de entretenimiento o en acuerdos de seguridad. Se miden también en la cantidad de jóvenes que, décadas después, siguen cruzando el Atlántico con una mochila y vuelven convertidos en algo que no esperaban ser.

Kaplan lo formula con precisión: «Cuando creces en los márgenes del imperio cultural americano, todo lo que es genuinamente americano significa mucho más». Es una observación que los propios estadounidenses rara vez pueden hacer sobre sí mismos. A veces hace falta la mirada exterior para ver con claridad lo que está delante.

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