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El planeta que sobrevivió a la muerte de su estrella

El telescopio James Webb detectó temperatura y composición atmosférica de WD 1856 b, un gigante gaseoso que orbita una enana blanca a 80 años luz. El hallazgo ofrece una imagen de lo que podría ser el sistema solar dentro de unos 6.000 millones de años.
Foto: science.nasa.gov
Ciencia y tecnologíasábado 4 de julio de 2026

Conviene mirar los incentivos que llevan a los astrónomos a apuntar sus mejores instrumentos hacia estrellas muertas. La respuesta llegó esta semana con una publicación en la revista Nature: el telescopio espacial James Webb (JWST) observó un planeta gigante orbitando una enana blanca a unos 80 años luz de la Tierra, y lo que encontró reescribe parte de lo que se sabía sobre la supervivencia planetaria.

El exoplaneta se llama WD 1856 b. Fue descubierto en 2020 por el satélite TESS y el telescopio Spitzer, y es el primer planeta íntegro hallado en órbita cercana a una enana blanca. Lo que lo hace singular no es solo su existencia, sino su geometría: tiene el tamaño de Júpiter, pero orbita una estrella del tamaño de la Tierra. El planeta es siete veces más grande que su propio sol.

Su órbita equivale al 2% de la distancia entre la Tierra y el Sol, y la completa en apenas 1,4 días terrestres. Esa proximidad plantea de inmediato una pregunta incómoda: ¿cómo llegó hasta ahí sin ser destruido?

La estrella anfitriona, WD 1856+534, fue en otro tiempo una estrella similar al Sol. Antes de convertirse en enana blanca, atravesó una fase de gigante roja en la que se expandió hasta dimensiones capaces de engullir los planetas interiores de cualquier sistema. Si WD 1856 b hubiera estado en su órbita actual durante esa fase, habría sido aniquilado. No lo fue.

El dato importa más que el ruido: la clave estuvo en la temperatura. El JWST midió la temperatura del planeta en 260 grados Fahrenheit —unos 127 grados Celsius—, aproximadamente 240 grados más caliente de lo que debería estar si su única fuente de calor fuera la luz de su tenue estrella anfitriona. Esa energía residual necesita explicación.

El equipo, liderado por Ryan MacDonald de la Universidad de St Andrews, planteó dos hipótesis para la migración del planeta hacia su órbita actual. La primera: fue engullido por la gigante roja y sobrevivió en su interior. La segunda: la gravedad de otras estrellas del sistema —WD 1856 forma parte de un sistema triple— lo empujó hacia adentro después de que la estrella ya se había convertido en enana blanca.

Usando la masa del planeta —estimada entre cuatro y once veces la de Júpiter— y modelos de enfriamiento, el equipo determinó que WD 1856 b fue calentado entre 3.000 y 5.500 millones de años atrás. Dado que su estrella lleva más tiempo que eso siendo una enana blanca, la conclusión es que el planeta migró hacia su órbita actual después de la fase destructiva, no durante ella. La migración inward, combinada con la interacción gravitacional con la enana blanca, habría generado el calor residual que aún hoy se detecta.

«A medida que el planeta se desplazó hacia adentro, sus interacciones con la fuerte gravedad de la enana blanca lo habrán calentado considerablemente, y desde entonces se ha ido enfriando», señaló Christopher O'Connor, de la Universidad Northwestern, miembro del equipo.

La historia sugiere cautela ante las lecturas puramente pesimistas del destino del sistema solar. Los resultados indican que Júpiter podría migrar hacia el Sol después de que este complete su propia fase de gigante roja y destruya los planetas interiores, incluida la Tierra. La muerte estelar no clausura necesariamente la actividad planetaria.

El hallazgo también subraya una capacidad técnica sin equivalente actual. La enana blanca WD 1856+534 es extraordinariamente tenue, y el tránsito del planeta frente a ella dura apenas 8 minutos. Capturar suficiente luz espectral en ese intervalo, según el equipo, es algo que solo el JWST puede hacer.

«La muerte estelar no es el final», resumió MacDonald. «Algunos planetas experimentan un futuro vibrante y activo después de la muerte de su estrella.» El dato, por una vez, resulta más alentador que el ruido.

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